La banda, Tulum y el Cambio

Vengo entrado de regreso de un paseo de sábado por la mañana, mi sábado. Estoy en mi habitáculo, o sea mi cuarto-casa, con el aroma de las especias que viajan conmigo siempre, de la cebolla y de la humedad fresca del diluvio más reciente. Estoy cincuenta Pesos más ligero que cuando salí a mediodía.

Rica comidita cubana” iba gritando con alegría y acento contagioso una señora joven en su triciclo amarillo. Nos encontramos hace un rato frente a frente en la esquina de la farmacia. Los cincuenta Pesos se los llevó ella. Yo me lleve a cambio un arroz con frijoles sazonado a la cubana con tostones de plátano, un pollo tierno guisado en escabeche y un buen trozo de palta. Sí “palta”, lo voy a decir en chileno, porque como en México, septiembre es nuestro mes de fiestas patrias. Palta, es “aguacate” del que México es su catedral.

Estuve en Cuba en el ’62 le dije. Ud. seguro aún no nacía, agregué rápido. No, yo soy del ’71 ¡Pues ahí está! Estuve, sí, y allí aprendí a caminar… Si me hubieran enseñado a bailar, habría sido la mejor de las enseñanzas de mi vida, le dije riendo. Del encuentro, la “yapa” en chileno o el “chich” en Maya, es decir el extra me lo he llevado gratis y ha sido la sonrisa cubana de dientes blancos y boca ancha y el deseo sincero de desearnos buen camino, al despedirnos formales de mano y saber que nos encontraremos de nuevo.

La comida la compartí algunas vueltas de pedal de bicicleta más tarde y aún caliente, con Paola, una amiga chilanga avecindada acá hace mucho.  Abuela joven, personaje idéntico a la heroína de la película Kill Bill de Quentin Tarantino, amante del buen rock mexicano y también de la trova cubana- Técnica en iluminación y sonido de teatro en Playa del Carmen y barista en mi cafetería predilecta del pueblo. La misma Paola, que ayer y otros tantos días más me ha invitado buen número de cafés-latte en esa barra-templo a la que acudo por religión, tenga o no dinero.

Mientras comíamos cubano del lado de adentro de la barra de café, los amigos me preguntaban afuera por la mujer de la Isla para encargarle comida también. Se interesaban.

Aquí en Tulum es así, como en todos lados debiera y en algunos a veces, sucede: las cosas se comparten en una fuerte hermandad (léase sin las connotaciones de secta que recuerda la palabra, porque no es el caso) que se siente, se vive, y que no se si asignar al portal energético que es Tulum, al agua subterránea que fluye bajo su piedra caliza, a la forma de pensar y las razones por las que estamos acá los que estamos, los lugares de los que venimos de todo el planeta, o a todas juntas. De que es así, lo es. La clave es que existe un bien común que nos une que es nuestra forma de vida. La llevamos en sano balance. No como la forma de vida que muchas ciudades centros de poder empujan por medios publicitarios o esquemas sociales de inclusión (o exclusión) y que etiquetan como formas modelo que se aceptan y esperan del resto de sus pobladores llamados “consumidores”. Quizá estemos asumiendo una responsabilidad que nos toca y muchos no hacen; la de un mundo que lucha por mantener su diversidad y no ser uniformizado para siempre.

Aquí las familias se hacen de amigos y los roles se cumplen con entrega e interés sincero.  Es, como dicen, “neta”. Y ser “netos” es la única ley que se necesita. Somos la banda y serlo es un logro nada trivial y un compromiso tácito y silente. Significa que eres parte de esa familia que se procura, que te aceptas como eres y a los otros también. Que juzgas menos y estás para los otros, más. Que escuchas y eres escuchado, que plantas cara por otros y ellos por ti. Que te interesas en saber de ellos al día siguiente, que participas de sus actividades y ellos de las tuyas y que te complementas muy bien, tanto con lo que sabes hacer como con quien eres. Banda, que cuando se organiza, somos muchos y vamos por una sóla idea, esa tarea de la que hemos hablado antes en mis posts y que es casi imposible lograr auténtica y sostenida en otras formas de ser “sociedad civil” (quizá porque la palabra que nos falla a todos es “sociedad” como hoy se concibe en los centros de consumo).

Es cuando la banda se organiza y alza su voz, el único momento en que puede ser calificada como peligrosa para los que representan lo establecido, lo acordado, lo injusto, la rapiña. Pero por supuesto, es en ese momento que la banda adquiere su fin último, que es representarnos a todos al hablar de un mismo tema y con una misma voz y a rajatabla, con los demás actores. Así fue durante el festival Curarte hace unas semanas cuando mi amigo Facundo, de Mendoza, Argentina, habló desde el escenario a dos cuadras llenas de banda y la prendió en una sóla idea, la de hacer más festivales y hacerlo los ciudadanos por sí solos. Por demás la banda, de manera orgánica y por convicción, es siempre absolutamente pacífica.

Mucho del espacio de expresión y coordinación de la banda pasa por las “redes sociales”, sí, pero no puede armarse sólo de ese manera simplemente porque eso no es vivirlo juntos. Allí no están contenidos los signos, los códigos y el lenguaje de cuerpo y espíritu que la hacen y la procuran.

La banda tiene credos. Cada quien el suyo pero unos cuantos comunes a todos. Por ejemplo, en Tulum la vida se hace por día. Se improvisa. Las cosas suceden de manera espontánea. Planear no es práctica habitual. Al menos no referirnos a ello como si el plan fuera lo importante, porque aquí todos creemos en que las cosas se dan cuando deben darse. Tu te pones, das lo mejor de ti y el Universo, incluida la Pachamama, te escucha y te lo da. Aquí todos nos ponemos y todos creemos en que te llega, (o tu llegas a ello). Lo que llegue nos dará abundancia para compartir con los demás, que nada tiene que ver con el dinero, pero que puede incluirlo. Cada uno en la banda, cree en esto y en mucho más.

En Tulum el acto importante no es el plan sino el decretarlo usando el poder de la palabra. Decirlo y elevarlo al Universo para luego recibirlo haciendo lo que nos toca hacer, lo mejor que podemos hacerlo. Y en Tulum, lo que decretemos pasa y pasa más rápido y con más poder, que en ningún lado en el que yo haya vivido. Así descubres muy pronto que las vibras positivas son la única forma posible de ir por la vida. Mejor aún, tienen dentro la aceptación, la deconstrucción esperanzadora de que el hombre no es, ni hay ventaja sino problemas en creerlo, un ser superior a otros del planeta. Somos una parte más del todo. De entrada es liberador soltar esta creencia y  ver como esto permite que nos reconectemos con nosotros, re-enfocando la energía hacia dentro de uno mismo, y con nuestros demás iguales. En esos momentos contados de claridad, si atendemos  a nuestros dones, si los escuchamos como  a nuestras sombras, tendremos la oportunidad de mejorar y reducir el ego y el individualismo nihilista en el que hemos estado sumidos por el consumo. Aquí, en Tulum y en la banda, eso no va.

En Tulum, cada uno en la banda es congruente de manera natural: ejerce su rol cada día que amanece escuchando, conversando y saludando con interés las ideas de otro. Nuestras frases son un “si”, o un “chido” o un “sí, y también…”. El “no” es amable y llano, sin carga. Nos deseamos “bendiciones” – de ninguna religión o de todas -, nos llevamos la mano al corazón tras la seña de saludo y hacemos el acto, no el ademán, de brindarlo al otro, danzamos, hacemos rituales de luna y de fuego, temascal, ceremonias de ofrenda en espacios Mayas, consultamos abuelitos Mayas, sanamos el corazón, la mente, el espíritu y el cuerpo con medicina herbolaria – como lo hace mi amigo chileno Rodrigo o como lo conoce Mónica de Arizona, o Judith cerca de Valladolid, Yucatán, con acupuntura como lo hacen Xavier y Carmen, con magia como Carmen, con Ángeles como Alfredo, con Janzu como Diana y Juan, con el camino del Santo Daime y sus cantos como Juan y Isa-Elle, con las danzas circulares de Elvira que practica desde su estancia en la eco-aldea  espiritual Findhorn, Escocia y que reúne todo el poder del ritual ancestral de la danza y los cantos de todo el mundo, con las verduras y hortalizas orgánicas de Alejandro, de Gal y su Caja Viva Elela, la miel melipona para las cataratas y otras dolencias, el wheatgrass de Juan y Agustín, la banda del movimento Rainbow y su reducción de la huella de impacto del hombre y su consumo, la terapia de arte y color para sanar de Lolo, los Wisdom Teachings de Bobby Klein,  y  tantas otras disciplinas reunidas en Tulum, así como con la misma música en concierto de mis amigos todos, incluyendo a los que con su permacultura en construcción y agua como Pepe y Reina, o como Tamara en energía solar, o Rami y Luciana en joyería de reciclados, los no-plásticos de Heather, el centro de acopio de ella con Rocío, Pato y amigos, que nos permiten una base de armonía con el planeta y un mejor futuro para nosotros y nuestros hijos.

Usamos indistintamente y con la misma vibra el Namaste o el Inlakesh, alaken, porque de verdad creemos en que yo soy tu y tu eres yo. Agradecemos cada comida que la abundancia de la Madre Tierra nos brinda, y la compartimos siempre que haya oportunidad. Recibir y dar todo esto es paz y es amor, puesto en práctica.

En este pueblo internacionalizado están los que residimos y los que llegan de viaje de juventud, de aventura, de trotamundos, de búsqueda, de encuentro al fin, de conexión, de sanación, de espiritualidad, de encuentro consigo mismo, de viaje sin dinero, de viaje sin mapa y sin agenda. De camino que se anda sin pensar en el final. Estamos los del camino que sabemos apreciar las vistas y tomar las experiencias del viaje mismo, que pasan hoy y cada día, sólo en ese día, a medida que recorremos la orilla que define el camino mismo, y que es todo el resto del mundo que no somos “yo” y que nos define y da sentido. Eso si somos y asistimos al todo y no primero nos servimos nosotros.

En Tulum nunca desperdiciamos una puesta de sol o un amanecer o cualquier evento hoy y a la orilla, por pensar en algo mejor mañana y adelante. Sí, en cambio, contemplamos de vez en cuando el camino atrás cuando libramos una curva difícil, con gusto – lágrimas o sonrisas o ambas -,  y reflexionamos en su enseñanza. Por suerte ni el camino recto era una realidad, ni había sólo dos puntos (inicio-final), ni la distancia más corta entre esos dos puntos era un objetivo siquiera primordial.

En Tulum, la banda puede incluso, tomar su significado coloquial de músicos tocando juntos, al que ha quedado restringido el sustantivo en las grandes ciudades. Y cuando lo hacen, los músicos en Tulum (no de Tulum, porque de Tulum hay pocos aún) se organizan por oportunidad, por tocada, de modo que “Panda” el percusionista maestro del cajón, puede tocar con “Bogdan” el amigo serbio del violín mágico o con el buen “Leo” y su  cítara, y otro día estar con la trompeta del “Silver” y el bajo del “Psycho” haciendo salsa, o blues con la guitarra de Mauricio, o con “Gilles” al teclado acompañando la voz californiana de Blues de April, que también ejecuta con otra banda excelente de músicos muy jóvenes que sí son hechos en Tulum.

Ellos, la banda de los músicos, son una hermandad dentro de otra. Se agrupan y salen al toque unos por otros. Hace poco me tocó conseguir músicos para tocar con una cantante de Blues muy conocida que vino de visita. Ya que los había conseguido, al ensayo confluyeron todos los demás y de manera orgánica terminaron tocando casi todos y otros se ocuparon de los que no calificaron, que incluso pudieron hacer un palomazo.  Eso es solidaridad y eso es comunidad.

De esas “bandas” las hay en sanación, en permacultura, en buceo, en creativos, en fotografía, en la práctica del yoga, meditación y en muchas actividades más. A veces atendemos en forma de una gran comunión de bandas a un llamado social, a una colecta por el hijo de alguien o por alguien que requiere atención médica, o salir de la cárcel adonde le han confinado arbitrariamente o simplemente pagar un pasaje a algún lado. También he aprendido que la banda debe mantenerse banda y sentirse banda, para que las cosas jalen. Si se le confina, presiona, reglamenta o defrauda, la banda se retira, se disuelve y se escurre de allí, para reagruparse libre del cáncer de ego y mando que todos los que estamos acá conocemos.

Aquí el sentido de convivencia con la Tierra y el de fraternidad están exaltados. Estos son nuestra fe y nuestra victoria innegable y contundente sobre lo que impera y una manera de vivir el sueño del Paraíso, con todo y diablillos que hacen que exista, igual que la orilla del Camino define el camino mismo.

Yo estoy pensando, como otros, en armar una banda de Teatro Social y una banda que viva la cultura popular, como expresión de lo que todos creamos y hacemos, no necesariamente dentro de las Bellas Artes, en muchos más rincones de este pueblo que los que ahora con esfuerzo meritorio hay.

Hay una razón legítima e importante a atender, una brecha sobre la que vale la pena intentar asumir la responsabilidad que nos toca. Esa es mi motivación. Comunicarnos usando el Teatro. Pero también existe un Tulum lleno de posibilidades de residencias de artistas de fuera, de intercambio cultural que se da efervescente en la cotidianidad turística de los que despiertan o han despertado y buscan relacionarse con algo más que su autobús de tour, una cerveza en un mostrador o un punto WiFi. Existe desde hace mucho en la riqueza cultural de su pueblo Maya de origen y sus tradiciones que ya cuesta para que se transmitan de generación en generación. La hay también en un buen número de buenos y dedicados artistas que viven acá hace años, que han construido lo que hoy es y que habría que brindar una visita como banda, para los que no sean parte de ella aún.

Todas estas formas estarían bien servidas de ser una banda que tenga el privilegio de ver y apoyar cada expresión cultural viva de este pueblo y su gente, en conjunto, y de usar el Arte para comunicarnos e incluir así a los demás que habitan aquí, creando en ellos las distinciones que se necesitan para descubrir cómo mejorar su vida en comunidad.

Los dejo con una cita de otra amiga, Milana que es de origen ruso y yogi, que en una de sus clases nos dijo, en el contexto de sentir y de sanar, de cambiar actitudes, de ser esencia y ser iguales, algo que debiera ser el bien común suficiente para cambiar las cosas, pero que aún no sucede. La cita la hago excusando a nuestros primos aquí aludidos:

Here we are in a spaceship planet that moves at 29,500 km/s. Our mind is like a monkey that is pushing all the wrong buttons in the cockpit.

En Tulum hay que sentir las cosas. En Tulum hay solidarizarnos entre nosotros. Y desde Tulum hay que solidarizarse con los demás y con el resto del planeta del que precisamente acuden tantas personas a diario, cada uno de ellos embajadores potenciales.

Licencia de Creative Commons
La Banda, Tulum y el Cambio by Juan Ayza M. is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en http://wp.me/p3B5so-9K.
Permissions beyond the scope of this license may be available at juan.ayza@gmail.com.

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4 thoughts on “La banda, Tulum y el Cambio

  1. Sí, lo se, este post no tiene hyperlinks ni fotos, y es más largo que 400 palabras y tampoco ocurrió a las 11 am de un día de semana … apelo a las musas que me lo dictaron hace un rato y que esperan que a pesar de ello, nuestros lectores hagan lo propio y lo comenten 😉

  2. Juan que maravilloso texto! Tulum es puro corazòn tiene toda esa magia de la que hablas yo llegue apenas hace unos meses y desde q pise el pueblo dije , por fin por fin encontre mi lugar y asi ha sido estos meses todo fluye a borbotones como una gran hemorragia de energia positiva curando todos los aspectos, cuidando al otro siempre de forma organica , natural , con amor pues, un aplauso a Facundo yo soy un poco vogerista jaja me encanta observar todo y el speach de este hombre me enchino la piel , a wewo no importa de donde seas, la cosa es dejarse tocar para que Dios pueda entrar o ese energia o la maravillosa energia maya o Buda, lo que sea, entra directo al corazon transformandonos en nuestro ser mas sabio y supremo .. AMO LOCAMENTE TULUM Y A TODOS LOS QUE ESTAMOS AHI!!! Gracias Juan por compartir …Ahooo !!!

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