Cuando ayudar es de vida o muerte (manicomio, tumba o tambo)

Era tarde en la noche y las lámparas de luz blanca dibujaban nítido el espacio amplio con las sillas plásticas de Coca-Cola dispuestas en filas bajo el cobertizo. Estaba limpio, ventilado, seco a pesar de las fuertes lluvias tropicales y perfectamente ordenado. Nada tenía que ver con la habitación en la cuartería donde Rafa la agarraba a golpes cuando se ponía difícil, o donde cualquiera de los dos vomitaba, – ella por el alcohol o él por las drogas -. Rafa no estaba allí con nosotros. Respirábamos una tranquilidad frágil, un instante de calma en la tormenta. La que fuera era mejor que cualquier otra cosa allá afuera. En una paz en estado de vigilia, nos acompañábamos entre los que sí estábamos allí esa noche, para no sucumbir  a las largas horas que una a una sumaban las 24, limpios. Esa noche tampoco estaban los demonios.

 Nada tenía que ver con la habitación en la cuartería donde Rafa la agarraba a golpes cuando se ponía difícil

Gládis habló con el corazón aún partido, sentada en la silla. Acababa de “anexar” a Rafa. A ella le había tocado llevarlo. Los demás la reconfortábamos. Eso era mejor que manicomio, tambo o tumba para Rafa y más madrazos para ella.

Probé religiones de todas, probé terapias, fui al centro de ayuda del pueblo, … todo. La verdad, nada me sirvió. Buscaba quién soy, a qué vine. No lo encontré. Quise reflexionar con ella. Buscando afuera nunca lo vamos a encontrar, nunca, le dije. A lo mejor encontramos alguien como el que queremos ser, pero nunca a nosotros, ni a qué vinimos. Se quedó callada un momento. Los demás escuchábamos. Doña Jacinta seguía atenta la conversación, era de las que llevaba alcohólicos al grupo, los borrachitos como les decía firme pero con cariño.

 Probé religiones de todas, probé terapias, fui al centro de ayuda del pueblo, … todo. La verdad, nada me sirvió. Buscaba quién soy, a qué vine. No lo encontré.

Alberto tuvo su episodio a los veintisiete, empezó su recuperación pero se perdió por otros  tres.  Yo también quise saber quién era. Al que estaba no lo conocía. dijo, reclinado hacia atrás en su silla. Le ganaban atención y respeto los años de trabajo que le dieron su recuperación, el poder saberse él mismo finalmente y ayudar ahora a otros que se perdieron como él. Había tocado fondo. Perdí todo y aún entonces decía que “no tenía problemas”. Amanecía con una botella de whisky. Tres shots y un pericazo de cocaína y vámonos a trabajar. Por ahí comía algo a mediodía con un par de vodkas, porque no huelen. Por la noche, al salir  del trabajo, más whisky hasta dormirme. Los que usamos sustancias, no los usuarios sociales, sino los adictos que nos podemos vivir sin ella, somos los peores hijos de perra. No tenemos sentimientos. Podemos robarle los billetes de las manos a nuestra propia madre aún cuando fueran para su consulta médica. Y yo lo hice. También vendí una vez toda su batería de cocina. Otra ocasión corté la tubería de agua, coloqué una manguera en su lugar y vendí el cobre. No tenemos madre. Despertar fue largo y duro, tuve una recaída de tres años.

 Amanecía con una botella de whisky recién destapada. Tres shots y un pericazo de cocaína y vámonos a trabajar.

Alberto tenía la mirada profunda. Era como si mirara lejos y hacia adentro a la vez. Su mirada era más una marca. La vida de Alberto avanzaba, día por día y mejoraba en un espiral, siempre alrededor del faro que lo mantenía sin encallar. Esto explicaba la lontananza de su mirada-marca. Era como un capitán al timón de un barco que navegaba sorteando la niebla y los cantos de las sirenas sin perder de vista el rumbo ni el horizonte. Ya había mirado a las sirenas de cerca. Alberto no era un aficionado; era un guerrero y un sobreviviente que estaba para contarlo a todos los marineros que escucharan en puerto.  Comprometido a ser el padrino de los que lograran llegar a puerto y pasar sin caer con las sirenas ni antes su canto.

 Alberto tenía la mirada profunda. Era como si mirara lejos y hacia adentro a la vez. Su mirada era más una marca.

Eso es lo que desde la silla se disponía a contar , tal y como lo había vivido y como se lo había dicho su padrino.

Despertar, dijo Alberto. Saber quién soy.  Yo lo comparo con una operación de córneas. Tras la operación regreso en mi. No veo porque tengo las vendas puestas, pero siento que estoy en un lugar seguro, que me da vida, y me quedo allí un instante porque me hace sentir a salvo. Después oigo dos voces; una me dice que sí y otra que no. Esos son los instantes que te sacan adelante, aquellos donde uno se siente  bien. Como si fueran destellos aislados de luz que pasan a través del vendajes. Instantes de claridad. Pasa el tiempo y te quitan una vuelta de vendas. La capa más delgada y seguimos despertando. Aprendes entonces a distinguir tus debilidades y los detonantes que te hacen tomar o drogarte.

… siento que estoy en un lugar seguro, que me da vida, y me quedo allí un instante porque me hace sentir a salvo… Esos son los instantes que te sacan adelante, aquellos donde uno se siente  bien.

Llega el momento de cambiar de aire y hacer una escritura en la Hacienda, – el lugar de reflexión al que nos preparamos para ir en grupo -. Se siente que te quitan otra vuelta de vendas y respiras más tranquilo. Descubres entonces tus capacidades y se derrumba el miedo, o al menos, se hace visible. Es entonces que nos damos cuenta que el miedo no nos deja vivir. Pasa el tiempo y cuando toca otra escritura más, se filtra más luz y empezamos a sentir más. Y se repite así hasta que quedas blanco como la nieve, o como la arena de las playas de la península de Yucatán, donde estamos. Quedas bañado en luz.

 … nos damos cuenta que el miedo no nos deja vivir.

Ahí es cuando comienza el perdón con la familia, las parejas, con los amigos. Recobramos o aparece la humildad en el “te quiero, te necesito, perdón, ayúdenme. Las personas se acercan y notamos nuestra mejoría. Empezamos a sentir la mujer o el hombre nuevo que somos y recuperamos la dignidad porque a través del pedir el perdón, nos perdonamos a nosotros mismos.

Las personas se acercan y notamos nuestra mejoría. Empezamos a sentir la mujer o el hombre nuevo que somos y recuperamos la dignidad porque a través del pedir el perdón, nos perdonamos a nosotros mismos.

Llega el tiempo de la cuarta escritura y ahora sí. Háblale tu sólo a Dios, como lo concibas. Ya no hay vendas para entonces, pero aún están los parches. Hay rayos de luz pero aún no vemos nítido.

Y entonces nos damos cuenta de que ya no vamos a ver con los ojos como antes. Que se van a quedar parchados para que sintamos la luz, pero ahora los ojos estarán en nuestro corazón.

Así no haremos diferencias entre hombre y mujer, ateo o creyente. Sólo veremos seres humanos a los que podemos ayudar, ayudándonos.

Y entonces nos damos cuenta de que ya no vamos a ver con los ojos como antes.

Así podemos saber quiénes somos.

Licencia de Creative Commons
Cuando ayudar es de vida o muerte (manicomio, tumba o tambo) by Juan Ayza M. is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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