Canela molida

Los premios, son el resultado de la abstinencia

Un buen amigo me dijo estas palabras ayer. A él se lo contó otro.

La oración, pudo sonar eclesiástica pero no le fue conferida en este contexto, ni quien lo dijo era afín a ello.
Se trata de una frase común en la vida contemporánea (se me antoja usar mejor “tiempos modernos” de Chaplin pero con lo maquiavélico del post-post-modernismo neoliberal) que llevamos millones, donde la austeridad es una condición forzada – en mi caso y en México desde los 80’s hasta conseguir mi atención plena y definitiva en 2002 -. Con los años, sin embargo, la austeridad se vuelve el mejor de los maestros que nadie haya tenido. Nos enseña a aprender.

Tal es el caso de la abundancia que Rami compartía conmigo en su casa ayer por la mañana cuando le vi, colocando dos, por individuales, cafeteras italianas al fuego de la cocina común de su edificio. ¿Miel? No lo tomo dulce… bueno, un poco gracias, respondí reflexionando en dejarme llevar y en aprovechar el elixir disponible, mientras impaciente y maravillado veía caer el chorro, que se movía en cámara lenta, en una suerte de comunión con el Universo que me lo brindaba por la mano de mi amigo. Servido el café en sendas tazas cortadas del fondo de botellas cristalinas, recicladas, lindas de forma, ascendimos por el caracol-escalera despacio en procesión de ritual, para no vertirlo inadvertidos, un nivel a su piso. Cruzando el dintel estábamos ya dispuestos a una breve conversación pero con sentido, que lo hubo y mucho, en los minutos que siguieron. Pero el ritual del café no terminaba allí como pensé. Continuaba. ¿Gengibre? Sí gracias… Rami lo extrajo de una bolsita de tela con patrón a rayas de colores, que lleva consigo. El jengibre lo seca él mismo en lajas traslúcidas por finas y lo porta para darse energía. Ya casi “al borde”, queriendo probar ese brebaje sin antes agradecerlo, la escena me ofrenda su broche de oro.

De un cajón de madera de la misma mesa alta y delgada y vestida de rojo donde apoyamos las tazas, aparece en sus dedos un polvo café claro, fino que adopta formas como lo hace el talco al tacto. ¿Canela? Fue entonces que no supe si llorar de felicidad o de nostalgia. Asumí la segunda por un rato, hasta lograr hacerlo de felicidad. “Hace tiempo que no probaba canela en el café, no así, molida en casa, fresca, aromática y regalada en gesto”. Gracias. Al tiempo que asumí el delgadísimo paso que hay entre la nostalgia y la felicidad aquí personificada en las enseñanzas del maestro de la austeridad, como la humildad, Rami me regaló la frase con la que esta anécdota inició.
Comprendí la bondad de mis abstinencias como una fuente de mi fortaleza y de cómo una humildad asumida que se recuerda a diario, si se pierde, manda todo a la porra porque todo se hace simplemente… igual. Desaparece el regalo. Pierde todos sus significados. Se pierde la esencia de hacer por otros y con otros, que nos define a la vez. Se pierde lo que hace a los momentos, especiales ser atesorados. La vida que recordamos no es más que la colección de esos momentos especiales, de enseñanza y de premio, al fin. Se muere en vida.

Tal es lo que hay que recordar hoy cada vez más para resistir la ironía de una vida impuesta que de novedad (“neo” en griego) ya no tiene nada.

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