El Jardín de las Conversaciones

La puerta
La puerta

El fondo negro y las flores en blanco.  Esa era la imagen sencilla que me pescó y me llevó súbito al pizarrón de clases y los trazos de tiza que hacía la maestra, pelirroja de tez clara, ojos verdes, alta que para mis cortos siete años ya entendía guapa. No se cómo pero un abrir y cerrar de ojos después corría a mis doce años en las canchas de pasto al lado de Mr. Sparshot que estaba idéntico, zigzagueando con su bastón curvo de jockey, veloz, arengando a todos en el equipo Cochrane, – mi casa de deportes -, a ganar la temporada contra Roucroft, la casa amarilla, en el partido final. Sentí que me iba por completo del lienzo justo en el instante en que tiré el disco a portería. No hubiera regresado de no ser porque durante todo este viaje astral sentía aún en las yemas de los dedos la textura rugosa del bordado del tapiz inglés, turquesa y deslavado por el sol de años, del sofá en la sala de la casa de Aura donde estaba sentado. El sofá era el mismo que había sentado a cientos, casi todos uno por uno debido a la edad avanzada de sus visitas, frente al sillón individual que servía por trono a mi tía, a la cinco de la tarde – la hora del té -. La tía Aura observaba el ritual con la puntualidad que su segundo apellido Hodges obligaba. Su padre un inglés ingeniero del ferrocarril había venido a este país de lagos y volcanes para construir las vías. El té, la palta, el pan alemán tostado y a veces un arrollado de carne rebanado, o unas sopaipillas recién salidas del sartén en tiempos de frío y de calabaza, que estaban dispuestos en la vajilla de porcelana sobre la mesa de centro, prologaban las conversaciones en chileno más allá de lo naturalmente parcos que somos. Todo lo hacía ella. Era de mal gusto tener servicio a esa hora en la casa. Esta escena se repetía cada vez que iba a visitarla al sur, a Temuco, de niño. Podía andar libre por la casa, sus jardines, subir a los árboles, comer ciruelas y cosechar zarzamoras del zarzal al final del patio, aunque la cosecha nunca llegara a la cocina y mi ropa me incriminara inexorablemente, claro está. La luz de la tarde – que allí es declarada a las dos pues se almuerza entre doce y una – se filtraba diáfana por las cortinas de tul blancas y dibujaba formas en el piso de duela con las sombras de todos los adornos de porcelana, cobre, plata, las lámparas de pie y de mesa, que mi tía tenía en la sala.

Los demás habían salido al pueblo. Yo en cambio estaba entrando en un segundo trance, el de la siesta esta vez. Me espabilé y fui hasta la puerta lateral del otro lado de las ventanas, que era el único espacio de la pared que no tenía algo colgado o un mueble tapándolo. La puerta estaba del costado derecho del muro y llevaba encima el negro absoluto de las pizarras de escuela. No tenía esta puerta en el recuerdo de mis visitas de niño, tal vez porque como muchas cosas en esos años, no se podían tocar si eras un mortal de corta edad, dígase un “mocoso”. Me movía con lentitud para esquivar las mesitas de apoyo, el trinchero. La paz de casa de mi tía tenía esta peculiaridad de hacer que todo fuera más lento y que cada sonido como el crujido de la duela, o el golpeteo en un tronco cercano de un pájaro carpintero de cabeza roja y hasta el roce de la tela gruesa de un abrigo tomado de la percha a la entrada donde también estaban los sombreros, se amplificara confiriendo al invitado poco habituado la sensación de poseer un poder extrasensorial. Cualquiera de estos sonidos cuando se manifestaba interrumpía al único constante por definición y normalmente solitario tictac del reloj de pared al lado del cuadro de una marina y el intocable mueble de radio – que calentaba para encender al igual lentamente – con el logo del terrier blanco con orejas negras de RCA, que hoy se que se llamaba Nipper.

La llave que no estaba
La llave que no estaba

Fue lo perfectamente limpio del color negro lo que me llamó, como a toda la luz que entraba a la sala, a pegarme a la puerta y tocarla. Era de madera y estaba tibia al tacto. El picaporte estaba a la altura del listón que dividía el color de las paredes del crema clásico arriba al verde olivo abajo. Tomé de él y con cierta inquietud propia de una infancia de pedir permiso, le giré y di un jalón para abrir. Estaba cerrado con llave. Me quedé viendo las flores blancas que mi tía había pintado ocurrentemente justo encima del ojo de la cerradura, que era de esos antiguos para llaves pesadas, largas, hechas de bronce. Fue allí cuando me asaltó la urgencia de mirar a través del ojo. Sentía que me perdería de algo de no hacerlo. Mi corazón latió más rápido. Lo que estaba detrás se estaba anunciando. Sentía su auspicio como la revelación de una obra misma . Si no podía abrirla, al menos habría de saber qué había del otro lado. El negro de la puerta con todo y flores blancas, adquirió las dimensiones de el escenario de teatro del Theater Royal de Nottingham con el telón por subir y dar paso al primer acto del misterio The Mousetrap de Agatha Christie en su estreno en Londres. Me agaché, acerqué mis ojos acostumbrados a los claroscuros suaves de la sala, a la puerta y, con el derecho, miré a través del ojo de la cerradura. Primero, no vi nada. Me cegó el sol de las dos de la tarde. Luego, vi todo. La escena nítida y en colores brillantes, uno por uno, distintos entre sí pero cercanos – como los invitados al té de mi abuela-. Eran los pétalos de cientos de rosas mirando al azul del cielo, en un patio de buen tamaño, cerrado con muros de piedra y adobe y tierra fértil, por suelo. Del lado izquierdo de mi campo de vista, una mesa alta y esbelta con una jarra galvanizada de cinc y unas tijeras de podar encima, y un banquillo alto junto a ella. Apoyado en la mesa el bastón de mi tía.

La obra de Rodrigo Guerrero
La obra de Rodrigo Guerrero

El auspicio se había concretado en sorpresa, tal cual tu y yo hemos mirado por un caleidoscopio apuntado con la mano hacia la luz del sol. La obra revelada. El corazón lleno, la pupila ahíta y atónita y luego la tristeza vaga del mirar hacia atrás y recogerse de nuevo para dejar al pensamiento alcanzar los sentidos y entender por asimilación la obra. Lo que Aura había pintado en la forma de flores blancas de trazo tembloroso que saltaban del negro mate y profundo de la puerta, no era sino la coronación de una obra mayor. De un jarrón que no lo es, para las flores de color ausente por blanco, de un jarrón que no está en el lienzo salvo por su silueta de ojo de cerradura, que es porque algo más lo define, que desafía el costumbrismo y que contiene todas las rosas y sus colores que crecieron en su patio secreto, hasta las azules. Pero que deja de ser pintura cuando también contiene toda su fragancia, su textura, la paciencia de una vida de podas con cariño, las heladas que se llevaron a algunas, las lluvias que las anegaron cuando no fueron las lágrimas de mi tía en su lugar, o sus risas comiendo algún premio de su cocina infinita a solas mientras trabajaba los rosales, y de horas una vida en las que Aura les conversaba todo a estas confidentes de pétalos atentos mientras las acicalaba como si una peinara a otra. Cuántas veces no habría sido más una suerte de confesión el tono de mi tía en esas conversaciones. Estos rosales conocían más de ella y del pueblo que el mismísimo párroco de la iglesia a la que acudía y que hoy al amanecer había leído las últimas palabras antes de que bajaran el ataúd en el entierro de la tía Aura, que nos había congregado a la familia allí unos días antes.

Mientras cerraba los ojos en el sofá a la siesta ahora necesaria repasé y no pude ver ya si algún familiar roció pétalos de esas rosas sobre el ataúd, honrando el deseo tácito de sus únicas fieles compañeras ¿Sabrían del patio siquiera? En el instante de ensoñación justo antes de rendirme al inconsciente la vi en su cama donde murió tranquila y me alegré de notar que, a diferencia de todos los muertos, ella inhaló el aroma de sus rosas por última vez y nunca más exhaló.

Notas sobre la motivación del cuento:
Luz (firma del artista Rodrigo Guerrero).
Luz (firma del artista Rodrigo Guerrero).

1. En la firma de Rodrigo Guerrero advierto la palabra “Luz” si concedemos algo de licencia a la escritura. Veo una rosal de la tía Aura con una rosa abierta y una mano que les cuida, veo la luz y las sombras con las que tenemos el gusto de trabajar los fotógrafos y tienen el don de recrear por mano propia los artistas pintores como Rodrigo. 2. Fue que conversamos del cuadro Rodrigo y yo antenoche, y fue en esa misma noche el desenlace mortal de una amiga joven y querida de Alexandra De Cienfuegos , Susana Sarre y de otros tanto amigos, cuya espíritu pido vaya a la Luz también. 3. Esta es mi lectura de una obra que se muestra simple pero tiene su mensaje en lo no figurativo y que me dictó el cuento. Me parece un cuadro interesante por todo esto. 4. La obra pictórica es  propiedad intelectual y creación artística de Rodrigo Guerrero. Las fotografías son de su servilleta. Para fines de suspenso y prosa, me atreví a “cortar las flores” para la primera foto. Siempre he pensado que hay que evitar apreciar la pintura y la fotografía por sus partes, es cuando menos algo que se pierde del impacto del todo que es lo que entra por el corazón y no por la razón “desmenuzadora” 😉 Licencia de Creative Commons El Jardín de las Conversaciones by Juan Ayza M. is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en juan.ayza@gmail.com

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