¿Nuestra misión de vida?

A raíz del comité editorial de la Gaceta de la Fundación Melipona Maya conocí a un inquieto y estudioso amigo cuya familia tiene orgullosas raíces Maya. “Fili” me contó hace unos días que su apellido paterno era Tha. Tha es la flor amarilla que crece abundante cuando se deja descansar la tierra en el huerto Maya. La línea materna de Fili es de apellido Balam, el jaguar, que agrega congruencia al punto de esta nota, pues los Balames son también guardianes de un pueblo o de una huerta. Ellos, los Tha por ejemplo, vienen de generaciones a los que se les reconoce que saben de las flores. El padre de Fili vive en la selva y sabe mucho de plantas. Es un hombre de rostro feliz y en paz y es un roble que a sus setenta años parece de menos de cincuenta. Dice que cuando estás bajo un árbol no te enfermas de nada y así ha sido su caso.

 

Cuando Fili me contó esto me hizo pensar en nuestro concepto “occidental” individualizado de encontrar nuestra misión en la vida. La mayor parte de nosotros nos la pasamos buscándola. Esto se vuelve primero una juvenil desesperación, luego un frenético probar y con los años se convierte con suerte en un camino espiritual que cuando logramos acallar nuestra mente nos deja  contemplar las señales que siempre están ahí, pero no sin antes haber mirado hacia dentro y comprender que allí están todas las respuestas, que no todas las preguntas son ni reales ni necesarias y que muchas están destinadas a no responderse jamás por suerte. Y finalmente que nada de esto tiene sentido si nosotros, nuestro yo, somos el centro de todo lo que nos preguntamos o de la propia misión.

 

El Camino hay que andarlo cada quién, se hace al andar como en el poema de Antonio Machado, pero al andar tocamos a otros y es a esto precisamente a lo que vinimos. Es por el amor –  en el sentido amplio y básico que impulsa lo que hacemos para otros, que regresa a nosotros la construcción de un sentido de vida del que muchos parecemos necesitar preguntarnos en estos tiempos modernos. Y es la propia modernidad que nos ha hecho una bola de nihilistas que al parecer damos vueltas alrededor de nuestro eje – como los perros a su cola – que nos lo preguntamos en primer lugar.

 

Es desde la sociedad llevada al átomo, de la individualización completa de ella,  de la sustitución de un tejido social por un autoservicio social del individuo, que se vuelve una pregunta con mérito de auto-rescate la del sentido o misión de vida. Y nos toma a algunos como su servidor muchos años si bien también muchas lecciones de vida y terapias, de-construirnos para comprender que al parecer nos la complicamos mucho más de lo necesario: buena parte de esto es instinto y corazón, otro ingrediente es una tremenda fe en nosotros y en que pasará – lo cuál a la vez lo decreta gracias al poder de la palabra misma y de nuestra actitud -,  y otra es que la misión puede hacerse todos los días paso a paso y persona a persona, disfrutando; la idea del premio al final de la larga espera es un espejismo. Ni hay que esperar el premio por nuestras acciones que salen del corazón y hablan de nuestros dones cuando ya los sentimos, ni tampoco quedarán desatendidas nuestras acciones. Cada acción siembra algo que invariablemente la vida cosecha y nos entrega en abundancia.

 

Si pienso en mi amigo Fili, la respuesta de su misión – aparte de su entrega personal y decisión propia de asumirla – está en que como su familia, él es consciente de los dones que por sus apellidos se han transmitido de generación en generación. La tradición oral, sellada con un apellido, trae consigo el don de saber de las flores, o el de masajes ancestrales, o de cuidar su cultura y su tejido social, como misión de vida. En la familia de Fili el padre sabe de plantas y hace con ellas. Fili es luchador social de su pueblo y lo hace todos los días. Fili estudia su cultura y convive con la nuestra perfectamente. Fili es un guardián y lo sabe, no se lo cuestiona. Es lo que le pasaron y es lo que hace mejor y con orgullo social.

 

De regreso en nuestra cultura y con el perdón del consabido ejemplo … ¿Sabe un Pérez su misión de vida o el don de su linaje, sólo por llamarse Pérez? No lo creo. ¡Sería tanto más fácil! Pensamos demasiado y mucho de ello nada más crea películas que ni siquiera pasarán en el cine.

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