El ritmo en mi nombre (danzas circulares)

Mi apellido es Ayza: “A”, “i griega”, “zeta”, “a”.

Así fue como lo dije durante cincuenta y un años. De hecho así fue como hube de explicarlo en los colegios de habla inglesa a los que asistí de niño en los países en los que crecí. Eran cuatro simples letras, pero había que explicarlo, en parte porque había crecido educado en el valor didáctico del explicar – que luego se volvió un verdadero handicap para comunicarme de manera sucinta y al grano, sin ontologías, en mi vida -, y en parte porque descubrí que los maestros británicos no podían escribir ni pronunciar bien esa combinación simple de vocales, consonantes y sus sonidos correspondientes – vaya ni siquiera hacer el énfasis adecuado al hablarlo. Sin embargo era a esa combinación de letras a la que yo debía responder con un “present” cuando pasaban la lista de asistencia, por ser la llave fonética referencia a mi persona por la que recibía calificaciones y tantas cosas más, todas vitales a esa edad.

Así fue hasta que una tarde de mayo de 2013, a punto de entrar en la cuarta etapa de mi vida, que de acuerdo a los Mayas inicia con los cincuenta y dos años de edad, le dictaba mi apellido a Diana que lo apuntaba, mientras yo sostenía mi bicicleta a un costado de la reja de entrada del Taller Cero en Tulum.

Eran ella y mi entrañable amiga Elvira las que habían logrado hacerme bailar en el mágico “Nido” bajo la ceiba más grande de Dos Ceibas. Llevaba entonces varias sesiones de danzas circulares (sacred dances) en ese lugar mágico y muy espiritual al que Elvira le ha conferido todas sus energías y el mismo que la vio a ella cambiar y crecer en su vida.

“Diana, mi apellido es simple” – dije. “Tiene las primera y las dos ultimas letras del abecedario y luego, se repite”.

Cuando dije esto me di cuenta con asombro que lo circular de la danza que veníamos practicando había hecho uno de sus efectos más sencillos pero notorio para quien deletreó hasta el cansancio su nombre.  Ese día fue el primer día de mi vida en que mi apellido tuvo ritmo para siempre.  “Se repite” dije de nuevo, con suerte de pellizco de para ver si la claridad era un sueño ¿Qué ejemplo inmediato del cambio logrado por las danzas podría pedirse tan cercano? Pocos.  El otro – más profundo para mi por ser un vata y del que aquí no abundaré- fue lograr pisar firme la tierra.

Las danzas circulares me hacen niño de nuevo. Las danzas me regresan lo tribal y con eso el más básico de mis instintos y mi sentido. Me dicen de la pertenencia a algo más grande que yo, me remiten al núcleo de toda la civilización y me recuerdan que soy esencia y que soy sólo una parte del todo. Las danzas me remiten a un hogar que es el de todos y me permiten jugar de nuevo con los demás. Las danzas me dejan suelto para en trance y en cualquier momento ir atrás en el tiempo por mi niño, tomarlo de la mano bajo la higuera del jardín bajo la que juega con lodo, verlo morder un poco más de ese membrillo verde machacado para arrancar su jugo y rociado con sal, para que me lleve por el corredor debajo del parral y dejar que me muestre la casa que era nuestra. La danza me deja entonces sentarlo en mis piernas y,  abrazándolo, decirle – porque no se lo pregunto, sino se lo afirmo –  ¿Qué nos pasó? Mirándolo con cariño a los ojos, para luego acariciarlo como haría con cualquiera de mis tres hijos hoy y prometerle que vamos a estar bien, siempre.

Lo que seguiría en ese viaje nunca sucede sin embargo; Nunca sucede que nos despidamos y que mi niño me acompañe a la puerta de nuestra casa. No pasa porque es entonces cuándo nos escapamos juntos a danzar en círculos, tal como mi niño gozaba de jugar a las rondas con otros.

Cuando mi niño danza conmigo, mi cuerpo siente lo que el oído escucha; mi cuerpo escucha y reacciona afirmando con el ritmo, sensaciones que son memoria de mi infancia tanto como son nuestra memoria ancestral y colectiva. El corazón se me hincha de penas y alegrías juntas que el cuerpo expresa dándoles salida con cariño y gratitud, como quien va soltando un listón largo a su paso. No se queda nada.

Los ojos se suavizan para recibir y dar amor, nada más.

En la danza todos los que allí estamos, hombres y mujeres,  – todos niños y niñas al fin -,  nos volvemos cómplices por los eternos tres minutos de alguna melodía, de algo maravilloso por primordial, mágico y secreto, que es único en ese instante, y que sin embargo podemos repetir para jugar por dos horas que se van volando.

Así, lo divino está en nosotros cuando volvemos a nuestro ser primordial y tener presente la memoria ancestral que ya traemos cuando llegamos a esta vida. Yo, soy yo, cuando danzo las danzas circulares.


Esta foto de Posada Dos Ceibas es cortesía de TripAdvisor

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