Estaciones

Llevaba más de un año de no pisar el valle de Anáhuac y nueve meses de no ver a mis hijos. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”  canta Rubén Blades. Los cuatro días de visita que habían quedado atrás se me habían ido como la arena fina y blanca de las playas de Tulum, rápido entre los dedos. Ahora estaba en la calle, caminando por la colonia Roma a punto de entrar al metro.

“Chilpancingo” es la estación que lleva el símbolo de una abeja.

La abeja centró mi atención de inmediato en mi regreso a Tulum. Allá están las meliponas y la Fundación, el reto maravilloso de editar una revista y la oportunidad de hacer algo por la comunidad donde vivo, más allá de tener la suerte de atender y conversar en una de las barras de café más concurridas y variadas de Tulum y de convivir con otros Tulum-nautas esa nave maravillosa en la que viajamos.

La ciudad había despertado amable. El recorrido en el metrobús por la Avenida Insurgentes desde el sur hasta la colonia Roma había sido un verdadero regalo, como lo era para mi recordar mis primeros años en el DF cada vez que pasaba por el Parque Hundido o veía las banquetas color rojo ladrillo de esa zona, como las de alguna avenida en Santiago o el malecón en Valencia. Por algún motivo los caminos de ese color rojo siempre me habían gustado.

Un par de horas antes de entrar a la estación, mi hija , a quien acababa de dejar en casa de su abuela, estaba sentada en mis piernas en el desayunador y yo la consolaba pidiéndole que sacara toda la pena, toda, de nuestra despedida inminente, frotando su espalda y susurrándole que la quería mucho, que tuviéramos fe ambos de que todo era para mejorar y que esta vez no pasarían nueve meses para vernos, sino un par. Que esto era el inicio de algo para estar largo tiempo juntos en el año, que ambos seguiríamos nuestros caminos queriéndonos como lo hacemos y que así estaríamos bien para compartir lo mejor de nosotros adelante. Lucía entendió, pensó en su campamento en marzo y en un viaje de esos que no se olvidan y que tiene en abril. Luego su cuerpo comprendió también y se recompuso. Ese momento de lágrimas y abrazo tenía que darse y lo agradecí por ambos. En los cuatro días en que visité a mis tres hijos en la ciudad de México, los vi independientes, a los dos grandes metidos en su vida de lleno y a Lucía creciendo tan rápido. Me sentí orgulloso de ellos. Verlos bien y sin necesitarme era un premio. Verme a mi feliz por esto y poder así romper mi apego una vez más, mi dependencia innecesaria para ellos, y regresar a Tulum creyendo en mis proyectos y los de ellos era maravilloso también.

La línea marrón es la número 9. Adentro en el vagón había espacio suficiente, el ambiente se sentía relajado entre las familias de domingo que viajan a esa hora. El sonido sostenido de la letra “a” que producía el niño con cara traviesa y sana a unos metros de mi, se escuchaba entrecortado por la palma de la mano de su madre que dejaba salir y también lo tapaba poniéndole la mano en la boca. Lo lleva sentado en sus piernas ¿Quién de nosotros no jugó a esto de niño o lo hizo a un hijo? En mi niñez este sonido era equivalente a jugar a los “indios” (de lo que sería E.U.A) por supuesto rodeando veloces con sus caballos de parches blancos y negros una caravana dispuesta en círculo y llena de rostros compungidos de pioneros armados claro hasta los dientes de pólvora, rifles y balas. El recuerdo claro es una barbaridad, pero la barbaridad resultó ser más adelante para mi, aquella barbarie occidental que acabó y continúa acabando no sólo con los pueblos indígenas del mundo, sino con nuestra relación y el sentido del hombre en balance con la Tierra. Miré al niño con alegría. No se dieron cuenta. Su sonido era ahora risas entrecortadas y se confundía con el de la chicharra eléctrica que anunciaba la partida del tren.

Veía todo a mi alrededor con amabilidad con agradecimiento y con aprecio. Reconocía a los habitantes del distrito federal subterráneo como lo haría un viajero objetivo, sin prejuicios.

La estación “Lázaro Cárdenas” me sorprendió en completa ensoñación, pero no tanto como para dejar de reflexionar en el exilio español, en la nacionalización del petróleo que ahora en este sexenio veíamos revirar en contraorden no del actual ejecutivo sino de los ejecutivos de las grandes corporaciones trasnacionales que mandan. Lázaro Cárdenas y el esplendor de México entendido como el inicio de un renacimiento industrial, cultural, de pensamiento y de raíces y sentido orgullosamente mexicanos. Lázaro Cárdenas y el México amigo de otras naciones hermanas y de la libertad verdadera.

La estación “Chabacano”, me hizo pensar en que sólo en México podría una fruta como el damasco – dicho en mi lengua chilena – o albaricoque – en castellano de España -, llamarse así de bonito. La fruta mexicana tan asociada a la exuberancia de nuestro país, a lo diverso y prendido de sus colores – como decía hace un par de domingos el arquitecto de título y pintor de corazón y vocación Enrique  Alcaraz, en la residencia internacional de arte de Akumal , a su riqueza y a su dulces tradicionales los ates.

La chicharra marco de nuevo un recambio importante de gente en el vagón.

Cuando la puerta abrió en la estación elevada “Velódromo” descendieron algunos ciclistas del vagón de atrás, vestidos como saetas de color amarillo fosforescente. Un velódromo es tal vez lo que describiría bien la vida en esta urbe. Las citas con mis hijos, con sus respectivas madres y con Ana para recoger “un par de cosas” – que resultaron ser una camioneta llena de ellas que así como llegaron dispuse para evitar cargar su peso en esta vida aligerada que intento seguir llevando -, habían sido una suerte agradable de negociaciones donde uno – invisible por ir más lento que el resto – se deslizaba en la agenda de los otros – competidores en un velódromo -, compartiéndose así en los pequeños espacios de tiempo que les quedaban a los otros. Esto me  resultaba idéntico a la forma meticulosa y dedicada con que tuve que empacar en una reducida mochila la noche anterior las mismas cosas que traje para este viaje, más tres pantalones, una grabadora, unos rollos de película blanco y negro de 35mm Ilford, una cámara y un par de lentes que llevarí a Tulum conmigo, y aún conseguir que esto no rebasara los diez kilos a los que estaba limitada mi condición temporal de ángel sobre las nubes en versión Viva light. Me pesé en casa con y sin equipaje, metí los lentes  de la cámara en mis bolsillos para asegurarme de no exceder con un buen margen y crucé los dedos.

“Pantitlán” se me figura un rumbo tan lejano como precolombino. Tlán quiere decir lar o lugar en Nahuatl. En esa estación de transbordo hice mi conexión para regresar a esta tierra Maya donde vivo.

En el corto trayecto por la línea número 5, la amarilla, – el mismo color que ahora llevan los policías de tránsito del DF que por años fueron “tamarindos”, luego “azules y una corta temporada de verde limón – entre “Pantitlán” y “Terminal Aérea” un músico entero, de coleta y pelo rizado y abundante, guitarra acústica con funda negra de Music City, ampli, iPod shuffle para pistas, cantaba entonado y con aparente experiencia en ese foro siempre agradecido y azul del interior del metro, esta canción de Lennon que me lo dijo todo:

When the night has come
And the land is dark
And the moon is the only light we see
No I won’t be afraid
No I won’t be afraid
Just as long as you stand, stand by me’ 

Cantaba suave pero con potencia. Casi la susurraba al micrófono cubierto con un fieltro multicolor, suspendido por alambres cerca de su boca junto con una armónica debajo de éste.

La imagen del músico me llevó por unos instantes al caso de la lira perdida apenas una semana antes en la misma ciudad, por un excelente músico, guitarrista y amigo de Tulum y de allí a fijarme en todos los músicos que hacen de nuestra comunidad un mejor lugar para estar. La letra, en cambio me cogió de sorpresa; Repartí mis sentimientos entre cantársela a mi hija desde mi ahora desapego o bien elevarla como canto de esperanza y fe con algo de melancolía al amor en pareja de nuevo. En ambos casos el corazón abierto de par en par era un evidente buen síntoma, tal como la chicharra indicaba la apertura de las puertas neumáticas del vagón por las que debía bajar en ese instante, cosa que hice moneda y “gracias” de por medio al de la lira, que ya iba por la segunda canción con los mismos efectos “… And I love her…”  de McCartney.

Como toda historia mexicana, siempre con humor e ingenio en la doble lectura, el final del viaje me presentó un epílogo a modo; justo a la salida de la estación una cartulina manuscrita con marcador negro sobre fondo rosa encendido leía sobre la cortina cerrada de un puesto metálico color amarillo, “Gran cantidad de masajes a un costo reducido”. Nada mejor para describir un viaje de metro incluidas estaciones de transbordo a las siete de la mañana en cualquier día hábil.

De la estación salimos al mismo tiempo una azafata en azul Interjet perfecta y profesionalmente arreglada, salvo por la pañoleta que en ese momento se llevaba al cuello, y yo, que estaba perfectamente feliz.

Nueve punto cuatro kilogramos fue el número mágico que me arrojó la báscula personificando una de esas máquinas tragamonedas de los casinos en los pocos minutos cordiales de una documentación de escasos dos de ellos, con todo y fila en Viva Aerobús. Mi felicidad se mantuvo intacta; en este juego el truco era no sacar ni diez ni más de diez de calificación.

El capitán con nombre de súper héroe, Alejandro España – reiterada alusión a una parte de mi pasado, no de héroe sino el republicano- y su tripulación nos hicieron llegar en hora y con aterrizaje de aplauso al atardecer a Cancún. Me quedé pensando en el mensaje del aplauso. Llegué por la misma nueva terminal número 1 por la que me fui atónito de que ya no era la terminal 2 sino una nueva terminal que carece de la secreta y salvadora fondita de comida a precios de “locales” que hay por la primera. Ilusión es pensar en que adentro del aeropuerto puede haber algo diferente o a mejor precio que tomar una taza de café americano por $45 o comer un sandwich por $120 y de allí para, claro, las nubes! Tuve que recetarme dentro del avión un café con papitas de la “familia Pepsi” – como anunció el Erik el sobrecargo por el altavoz, asombrándome cuando utilizó el sustantivo familia que intentaba humanizar algo como una marca para aquellos que creyeran posible que ésta tuviera madre, cuando en cambio yo estoy seguro que todas ellas carecen de progenitora, familia pero, eso sí, rebosan de leales, – léase súbditos incondicionales -, consumidores.

Me invadió una especial alegría tocando tierra con mis pies sobre la pista. Estaba bajo un cielo azul, limpio y aún caluroso pero con viento. Caminé ligero hasta el mostrador de autobuses ADO – que quiere decir que seguí con mi viaje con la misma holding que el avión – y volví  encontrarme a mi amigo conductor del servicio aeropuerto como si fuera un frecuente, sin serlo. Para mi lo importante era probar de nuevo la cercanía de la gente posible en ciudades como en las que vivo.

La estación de Playa del Carmen era un intercambio de colores: pieles rojizas producto del sol del Caribe sobre pieles blancas en visitas de menos de una semana, cambiaban de andenes y autobuses por pieles de bronceado duradero de estancias largas, algunas de residentes extranjeros. Eran olas de marea roja en un mar de gente tostada, pero todo con el ritmo suave del mar de acá; a un compás de bolero más que cumbia. Arriba en los baños “Plus” – porque son de paga nada más y claro son los únicos- un caballero de unos setenta años, Argentino preguntaba irónico e incrédulo, a una mujer de intendencia del otro lado del torniquete, si el baño costaba cinco pesos porque era de oro, estorbando el acceso de tan codiciado servicio. Tenga, yo se lo regalo, le dije, al tiempo que le indicaba que no buscara sus dólares. En realidad pensé en qué diría luego este turista cuando se diera cuenta que el agua potable en esta región también es de oro y que debemos pagarla embotellada al mejor postor inequívocamente. Si supiera.

Para seguir con los letreros, me asaltó de la misma línea de autobuses con humor el que decía “Muestre su credencial IFE de Benito Juárez, Solidaridad o Cozumel y obtenga descuento con tarifas de local” y luego agregaba “(parada de cortesía en el Casino Dubai). De cuento de las mil y una noches claro. A lo mejor la holding se extendió a los casinos también.

Abordé el siguiente servicio Mayab y descansé hasta bajar en Tulum que me recibió con “mitote” en el ayuntamiento ya de noche y con importante acto cívico relacionado con el vital carnaval. Probablemente algún evento de selección y finalistas en la categoría de variedad, porque de un portal frente a la plaza asomaba sospechosamente el cuerpo un o una payaso con guantes blancos de mimo pero todo lo demás colorido y estrambótico, mientras otro u otra se dirigía a la pista.  Huí rápido del jaleo.

La brisa estaba deliciosa. La noche se podía morder.

Miré hacia adelante y respiré tranquilo.

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