Resonando alto

Sucede que la gente va por la calle y alguien conocido le grita un ¿Cómo estás? La respuesta del interpelado es automática e inicia exaltada pero decrece en tono rápidamente. Se dice sin que la persona detenga siquiera su andar para responder: “Bien. Me va bien…”. A veces agregan el  “todo” al “bien”, como si fuera un checklist de manual, un respuesta de protocolo de que todos los sistemas funcionan de maravilla. Aunque claro, no lo hagan.

Esto  pasa en todos lados ¿Quién querría detenerse a contar sus penas o inseguridades, sus frustraciones, sus anhelos no cumplidos, sus cavilaciones, sus certezas inservibles, su poca aceptación de la bondad de la vida? O más bien ¿Quién, preguntando el cómo estás, querría escuchar la respuesta verdaderamente? Hacemos estas preguntas imposibles de responder por absurdamente grandes, del tipo ¿Cómo está todo? ¡Vaya!

La imagen de esta escena a la que mi amigo Oli se refería hoy por la mañana en el café, me hizo pensar en como somos más que capaces, sino bien entrenados, en usar el lenguaje – concientes o no  –  como una cobija, como una frazada o como un solvente que hace desaparecer al sujeto en un mundo feliz donde las cámaras disparan las fotos por nosotros activadas claro por la mueca de una sonrisa, y nada más por esa mueca. Las palabras van engarzadas en un collar que es un refrán y que carga símbolos y significados preconcebidos. Se trata de la palabra utilizada para no comunicar, o para comunicar un señuelo, una cortina de humo, la tinta de un pulpo en su huída, la cartulina del gris 18% neutro a la que se refieren lo sensores de luz de cualquier cámara o de una cámara que te dicta qué hacer.

“Pero si yo incluso escribo a veces para quemarlo”, dijo Miguel que nos acompañaba en la mesa. Yo también las he quemado, cada vez que en ritual particular o comunitario  he querido dejar atrás todo lo que no sirve más. Entonces, valiéndonos del poder de la palabra, reducimos todo aquello que estorba, a un plano en la forma de una hoja llena de palabras que construyen un sólo símbolo – lo que para ti sea aquello, pero uno sólo; tal vez una maleta pesada, una blackberry que arrastraste en autocondena, en fin –  para luego limpiarlo con el fuego de una fogata (usar una “hoguera”, claro, es sólo para casos extremos o rituales más serios).  Así, esas palabras destinadas a arder por nosotros, o más bien, por nuestros miedos, expectativas mal colocadas, desilusiones, frustraciones, dolores, sinsabores y una retahíla de quebrantos de huesos del corazón, se vuelven una especie de palabras transporte. Palabras que son vehículo, como el agua, y que se llevan lo que no sirve. Agua que sin embargo arde y no contamina. Agua que limpia. Fuego que purifica.

Así pienso entonces en el nombre conjunto de las palabras que vibran alto, que describen situaciones que emanan desde el corazón, y encuentran el de otros que las escuchan y resuenan a ellas. Palabras que vibran como cuando Oli tañe las  cuerdas de su guitarra en su frecuencia mágica y abre con su música nuestros corazones al río de luz y amor del Universo entero. Estas son las palabras de amor.

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