El peso de lo poco

Hoy, un año y meses después de mi llegada a Tulum, estoy listo para dar el paso que faltaba e irónicamente una de las razones no realizadas de llegar, por más motivos que mis planes, aquí: me mudo a vivir a una comunidad en la playa, lo que todos conocemos con el anglicismo de un “camp“. Pero, esta mudanza es más que completar los escasos cuatro kilómetros que nos separan del mar y que me han tenido en este pueblo. Me mudo porque finalmente estoy listo para el último desapego, aquel que ejercen en mi los objetos de mi pasado con los que vivo, todos apuntadores hacia un tiempo que fue, siempre duro y maravilloso a la vez, y que ya no existe mas que por el objeto que lo representa. Esta suerte de fotos no las tomé yo. Son rebanadas de tiempo congeladas en tres dimensiones y sin mucha gracia. La composición no es enteramente mía y sin embargo las traigo adentro hasta el tuétano. Incluso una foto de mi hija hace años, ahora una luz brillante y tan independiente a su edad que no necesita más de un marco.
Me di cuenta de que vivo con mis cosas en algo que parece un cómodo encierro. Fui abriendo mi corazón y confiado en que la vida me lleve de la mano en este tiempo, hasta notarlo.

Así, me mudo porque habré logrado la ligereza del viento que soy pero con la firmeza del paso aterrizado por la gravedad de mi cuerpo en centro, el balance de una paz interior que aumenta con la paz de una noche de estrellas o un amanecer fragante y fresco tras la lluvia que me regulan, la evidente pertenencia a algo tanto más grande que el individuo.

Me mudo porque podré compartirme con los demás allí y saborear el amor que la vida sóla te da a cambio en el instante mismo de compartir – algo inmediato, gratis y tan gratificante pero totalmente diferente que el “lo quiero ahora mismo” de nuestra contemporaneidad monetizada- y por esto mismo un regalo increíble.
Me mudo porque quiero mirar a los ojos de cada uno alrededor del fogón de la foto que anexo, en tertulia hechos tribu, ejecutando los rituales olvidados, leyendo nuestros cuerpos siempre francos, atentos a nuestra respiración, sabiéndonos necesarios uno para otro, escuchando las historias de nuestros días, hablando desde el corazón y riendo mucho y viviendo en sincronía con la luz, la noche y sus sombras.
Me mudo porque finalmente puedo soltar esta ironía: lo poco que aún tenía, era demasiado y aún me asía fuerte. Estaba confinado a una libertad de ficción, a una libertad que ocurre en mi corazón y en mi inspiración, en la creatividad pero que siempre se desenvuelven dentro de retículas mientras estén aquí: de calles calles o de paredes.

Que ahora las olas, la luna y las estrellas sean su escenario y las calles del pueblo sólo un acento.

Tania 61

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