Sobre la experiencia janzu

 

– I –

 

Hace unas semanas Diego trajo al café Ki Bok donde trabajo, unas postales con información sobre un curso de janzu en Tulum que sería impartido por María Ornelas y por él a final de abril en la Laguna Kaan luum. En la postal se lee “5 días de trabajo intensivo practicando los 13 movimientos iniciales de esta técnica”. También se lee el slogan “The Healing Water Experience” alrededor de un logo en el que dos seres fluyen en un vortex juntos. La postal está impresa en verdes caribeños y lleva una ondulante foto bajo el agua de un ejercicio en ejecución.

 

Curso de Janzu Tulum
Curso de Janzu Tulum

En Diego hay una mezcla de carácter firme en un fluir ligero, una capacidad de escucha y observación tremendas con un hablar económico y efectivo, un don para crear confianza y mantenerla con discreción. Un líder de firmeza zen y una persona de carne y hueso con muchas experiencias de esas que definen tu vida y definieron la de él. En Diego no importa si estas características las ejerce cuando baila Tango profesionalmente o lo enseña, o cuando sana o muestra a otros cómo sanar con la técnica janzu como en la postal: en ambos casos, Diego está siempre en el vortex, en el ojo del huracán. Desde allí, Diego es el guardián del portal entre dimensiones que él mismo guarda en su bolsillo. Cuando el destino lo considera así, cuando te llega el mensaje de probar el janzu, entonces cruzas junto con él  dispuesto a guiarte en tu viaje hacia adentro y hacia lo que con él deja también de ser un cliché porque puedes sentirlo y conocerte: el “más allá” de lo que hasta ahora podías saber que existía en ti.

 

A mi el mensaje me llegó directo hace unos meses cuando Diego se acercó desde su mesa en El Bistro hasta la barra del Ki Bok desde donde les cuento mi experiencia. Diego me miró a los ojos desde esa distancia corta que no cualquiera puede ocupar y me ofreció una sesión de janzu porque sabía que la necesitaba. Yo, lo supe en ese momento, también. “Tu cuerpo es uno de dolor” fue una de las frases en las que no pude más que encontrarle la “maldita” razón, precisamente por usar el lenguaje árido y rudo de la razón misma que tanto se ha desconectado con el espíritu y el sentir, con el confiar en la vida y en particular con la mía, esa mañana en efecto de dolor. Si algo me ha enseñado Tulum, es a leer las señales y aceptar mi intuición sobre ellas. A recibir las bendiciones del Universo y agradecerlas. Así lo hice.

 

Diego me pidió vernos ese mismo domingo. Lo esperé a las siete de la mañana en el San Francisco. Puntual me subí en su auto y en el camino de forma suave y no intrusa conversamos de mi pasado. Preguntas sencillas, dónde naciste, en fin, todas antesala de la mejor pregunta que estaba por venir. Estábamos ya en la laguna Kaan luum para cuando me di cuenta. La confianza había sido depositada mucho antes, desde una primera clase de Tango que nunca olvidaré, y desde lo atinado en su compartir un don por el bien de otros como yo, en el café.

 

No era muy temprano, sino un exactamente temprano. Era exacto para la sesión.Sólo estábamos allí, Diego, yo y la laguna en suerte de espejo de luz bajo un cielo tan azul como el de los Andes en mi Sur de Chile,  que ya se dibujaba para entonces. El sol calentaba sin quemar el final del muelle largo donde nos sentamos en una suerte de intimidad del resto que permitía meterse adentro. Diego me contó lo que pasaría en la experiencia, físicamente. Flotaría de modo que él se encargara con movimientos estudiados y suaves de hacerme fluir dentro del agua, pondría mi mente en blanco, habría de relajarme y entregarme a la experiencia de manera que dejaría en sus manos mi propia respiración. Ese acto de fe se firmó en el agua más tarde cuando Diego me colocó una cómoda pinza de nariz. En ese momento me di cuenta del nivel de confianza que alojaría en él, pero también para entonces de cómo él era un canal de algo sanador y superior a nosotros, que lo pedía.

 

Antes de meternos al agua, aún en el borde del muelle, Diego hizo tan sólo dos preguntas más que las breves en su auto:

 

¿Por qué crees que te ofrecí el regalo? A pesar de ver las altas intenciones, la respuesta que me vino fue más bien llana e insípida. La suya, sencilla, conectada y directa fue – “Porque te lo enviaron”.

 

Y luego vino la fácil, ¿Quién es Juan? Con esta me fui.

Miré el cielo particularmente azul profundo esa mañana, recordé a mi abuela materna, recordé mi infancia chilena interrumpida, mi Sur lacustre vagamente parecido a aquel en que estábamos, mis otros lagos como el que vio nacer a mi hija menor en el centro de México, mi esencia de agua, mis múltiples duelos resueltos como fue posible – abuela, hijos, parejas, mis yo no aceptados, mis yo impuestos, mis yo importados y con ellos mi doler de tantas derrotas de batallas que no eran mías. Lloré desde el corazón. Respondí. El año 2013 que quedaba atrás, había sido el año de más cambios en mi vida, aún más de los que ya había tenido en los últimos siete años, sin parar. Una mezcla de plenitud y tristeza me abordó, pero también lo hizo el agua fresca en la que me sumergí hasta la cintura y la sensación de depositar mi peso vertical en el suelo calizo bajo mis pies. Una  ironía de piso, aquel, poroso, que se está disolviendo siempre. Piso que no lo es realmente, como no son lo que parecen muchos de los espejismos todos de los que nos rodeamos y hacemos nuestras certezas efímeras y de las que más encima nos sorprendemos cuando dejan de serlo ¿Cómo podrían no ser efímeras si están hechas de esto?

 

Frente a Diego en el agua y a su indicación hubo un contacto visual prolongado. Su mirada dejó de serlo para convertirse quizá en lo que es más, dos ojos de expresión suave y profunda que no intimidan y que parecen estar llenos de una comprensión del tamaño del mundo, no importa qué traigas. Dos ojos que oyen. Dos ojos que no conoces pero que te hacen saber el camino porque lo han andado muchas veces para otros. Dos ojos que sirven.

 

Respiración de fuego, pinza de agua después, hice mi último acto consciente de esa mañana: me coloqué en posición horizontal flotando y me relajé al contacto con sus manos asiendo las mías. Cerré los ojos y me fui adentro. Empezaron los giros y recordé la confianza prometida. Ya ni mi respiración era algo que habría de ser una tarea mía. No había nada que hacer. No había una sóla acción más que fuese dictada por mi mente a mi cuerpo.

 

Me sumergí y … morí.

 

Morí, esa mañana de un diecinueve de enero, tan irónico por ser el cumpleaños de Ana quien hasta meses antes había sido mi pareja por cuatro años maravillosos, poco después de haber regresado de visitar a mi hija tras meses de no poderlo hacer y encontrarme sin ella aquí de nuevo. Semanas después de razonar que Tulum y cualquier otro paraíso eran lo mismo y de ver asomar muy lento la fe sobre la oscuridad, tal como la salida del sol después de un alba prolongada en un amanecer nublado sobre el mar.

 

Y nací de nuevo en la laguna Kaam Lu’um en medio de luces centelleantes y mucha agua, dejando todo lo que no servía, atrás, apagándome. Muriendo-para-nacer.

 

¿Qué pasó entre la muerte y el nacer? Siempre he prestado atención especial a lo que ven los “flatliners” que se van pero se aferran a la vida. La verdad, esto fue muy diferente. Me hizo incluso cuestionar la diferencia quizá porque no me dio tiempo ni temor para aferrarme. Mi partida me puso frente a una gran pantalla – sí, lo se, es como una ironía propia de una película de Woody Allen pero así ocurrió -, en la que sólo había puntitos como los que cuando de niño veía cuando el canal no iniciaba aún sus transmisiones (algo que al parecer ya no se concibe hoy en día). Sólo que en esta “tele” los puntitos eran millones de ellos, todos tremendamente nítidos y brillantes sin cegar (no, no me cegó la luz al otro lado del túnel), hasta que de pronto todos eran estrellas en un cielo perfecta y mágicamente negro como el sombrero de un mago.

 

Si en Tulum no había ya pasado suficiente, perdí completamente la percepción del tiempo de nuevo, salvo por algunas llamadas físicas que la terapia produjo y Diego atendió desde esa otra dimensión. Continué ido y sin conciencia, recibiendo sin saberlo ni poderlo expresar hasta ahora que escribo esto desde la barra del café, y que miro mi cuerpo entregado y acuático, en retrospectiva, mientras mi alma viajaba por las estrellas.

 

 

 

 

– II –

 

 

Volví a sentir algo consciente, asombroso y gradual, despertando a mi nueva vida: me arrastraban fuera del agua. Primero sentí el avance en una sola dirección. Supe entonces que había perdido ese sentido en favor de haber sido antes en todas las direcciones posibles. Los descubrimientos siguieron. Vino luego el sonido del agua fluyendo a la altura de mis orejas y recordándome el sonido esencial y relajante de un estero de bosque, o de un cántaro de barro o una fuente en el patio de una casa vieja. Como la de aquellos esteros cristalinos del deshielo de cordilleras altas en los que reíamos mi hermana y yo con mi padre que nos arengaba para entrar en ellos en Puno (Perú) y de los que salíamos de color morado para dar unos pasos y volver a sentirlos despertar a la tierra de una estepa decorada con la paja del ichu.

 

Con el fluir del agua y la dirección, vino la presión del agua en mi cráneo y con ella la noción de volumen. El volumen que encierra y define mi piel. Aquella que me describe como una parte conectada y sin embargo específica del Universo.

 

Lo que siguió fue increíble: a medida que mi cuerpo y el piso inclinado de la laguna se iban encontrando en un lodo lubricante, adquirí la sensación de masa y peso. La había olvidado por completo. Estaba descubriendo a los cincuenta y dos años de mi cuerpo y en mi alma recién retornada, la fuerza de la gravedad. Esa palabra que nombra aquello que nos hace uno con la Tierra y desde la que somos parte del resto; no somos como nos conocemos – cuerpo y espíritu -, sin ella. ¿Cuándo se nos ocurrió ser diferentes u olvidarnos de ella?

 

Sentí poco antes de quedar tendido en el borde ya sobre muy poca agua, que no se trataba solamente del atestiguar mi nacimiento. Estaba naciendo yo y estaban conmigo naciendo todos los mamíferos marinos de los que venimos. Sentí en mi cuerpo toda nuestra Evolución – no en la de Darwin – sino en aquella desde nuestro inicio como seres de agua. La vi pasar en cada una de mis células, muy clara, diáfana y evidente.

 

Después, nada. Si tenía fuerzas, no parecían servir para decirle a mi cuerpo que se levantara y anduviera. No pude ni siquiera mandarlo. Regresé a las circunstancias propias del recién nacido que estaba siendo. Diego me ayudó, casi cargándome en vilo, a incorporarme y dar mis primeros pasos. Ya sobre el muelle, me encontré envuelto en varias toallas. Temblaba de un frío diferente. Del mate caliente con azúcar que Diego, ya en esta dimensión, me ofrecía succioné muy poco. Mi estómago no estaba aún allí. Luego me dormí y tuve mis primeros sueños de esta nueva vida. Se que fue un rato largo. Diego me cuidó dejando el espacio. Mis sueños fueron como una sucesión de “¡Ah, claro! ¡Pero cómo no lo había visto!”. En México podría decirse, si tuvieras la edad de mi cuerpo, que “me caían los veintes” uno a uno, en rápida sucesión – en alusión al teléfono público de monedas en los setentas u ochentas-. Unos cinco o seis “veintes” y un rato después, succioné más mate y pude incorporarme a un atónito y despejado nuevo yo.

 

De regreso en la nave roja de mi guía, la canción en el radio era la única posible para mi ser sureño que nacía de nuevo, mientras Diego – compañero de viaje y partero – la escuchaba conmigo, desde un silencio absolutamente cómplice -: “Gracias a la Vida”  cantada por Violeta Parra.

 

 

 

 

Gracias a la vida. Gracias Diego!

 

 

 

Más info:

Diego Pedernera Zubiat: diegozubiat@gmail.com

María Ornelas: mariaornelas8@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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