Taxcalate

El polvo fino de color mamey en la bolsa, pesaba en mi mano y se amoldaba bien a ella. Era taxcalate. Una mezcla de maíz y canela – cuando menos -, me dijo Tirso, amigo que me lo acababa de regalar junto con un abrazo y un conmovido “no quisiera  que te vayas”. Respondí con un “yo, tampoco, pero me voy para poder regresar”. Estábamos en el café Ki Bok.

 

 

Tirso y Juan en Ki Bok
Tirso y Juan en Ki Bok

Tirso tenía motivos que le daban un significado más profundo a esta despedida y por eso recibí en el corazón y en silencio la muestra de su aprecio. Que regalo es sentirse estimado por un amigo, en estos andares de la vida. Todos tenemos historias en nuestro haber, tantas como lo que somos.

 

Tomar taxcalate es una tradición chiapaneca, como lo son el café y el pozol. Chiapas era también la tierra de Tirso.

Denisse y Tirso en Ki Bok
Denisse y Tirso en Ki Bok

Después del abrazo, preparamos en la moderna licuadora del Ki Bok, la antigua mezcla de este pinol – como le denominan a este tipo de polvos finos por allá – en su proporción de alquimia exacta: dos cucharadas por cada vaso de leche.

 

Apenas entró mi nariz en el vaso que se inclinaba para probar el elixir, viajé en el tiempo a 1977, el año en que Charlie, amigo de la escuela, me invitó a pasar unas vacaciones en San Cristobal de  las Casas, – o “San Cris” como le dice la banda con cariño ahor. Su padre tenía cafetales allí.

 

Aquello para mi fue un viaje de descubrimiento visual, aún cuando a los dieciséis no comprendiera mucho la cultura a la que había llegado de vivir en otros lados de niño. Chamulas, machetes – ¿Qué era eso? ¿Por qué iban armados? Disputas por tierras y uno que otro que perdía un brazo al calor de las pocas palabras y el filo de este artefacto.

 

El viaje en el túnel del tiempo entró en una hiper-velocidad warp, hasta mi infancia chilena al final de los sesentas. Allí estaba el olor a tostado de la harina de trigo que mi abuela ponía en una taza y movía hasta hacer una pasta, luego de agregarle “una gota” (que nunca lo era) de agua hirviendo de la tetera, una tarde fría cualquiera en la tranquilidad de su casa. Eso, como todo aquello que salía de su cocina era mi mejor premio.

 

De vuelta en San Cristóbal, fue Miguel, el primo de Charlie, quien me enseño el taxcalate. Miguel era un ejemplo para mi. Plantado y seguro de sí mismo, vestía ropa de manta o pañuelos al cuello, siendo algo menor que nosotros. Más adelante cuando fue a estudiar en la ciudad de México a nuestra escuela inglesa, adquirió la costumbre de los jeans, pero mantuvo el pañuelo al cuello y la camisa de manta.

 

Tomamos el licuado de taxcalate muchas veces en esa hacienda. Fue en ella en la que Charlie – convertido en copiloto e instructor – con una fe kamikaze y unas ganas tremendas de que alguien lo condujera al pueblo, me enseñó a manejar el inolvidable Datsun precisamente color taxcalate, destartalado y polvoriento y con un juego en la palanca de cambios larga y vertical, tal que cada cambio era una suerte de adivinanza. Ayudaba a la proeza de sacar el embrague sin mucho relincho de este corcel anaranjado, el hecho que el camino de terracería del rancho al pueblo era de bajada muy pronunciada ¡Aquello era una misión suicida!

 

Lográbamos llegar a San Cristóbal para en ocasiones meternos al cine, que por entonces tenía pocas butacas – todas desvencijadas –  y anchos pasillos entre sus filas, como haría sentido para no pisarle los callos a los que ya están sentados, como hoy pasa. La sorpresa era que los pasillos anchos eran para que pudieran pasar completos los carritos con toldo y todo, vendiendo gaznates o hot dogs, durante la función. Era obvio que al hacerlo el vendedor obstruía cualquier posibilidad de ver la película, cuando al de adelante se le ocurría comprar una golosina como aquellas. Esto por supuesto pasaba siempre en la mejor escena, de la peor  película – que era lo que se exhibía -, pero de todos modos me molestaba. Recuerdo el claro-oscuro de la silueta del carrito, justo donde debí de estar viendo la imagen de una escena clave de la película sobre un asesino serial que extraía con una cuchara los ojos de sus víctimas para coleccionarlos.

 

A Charlie no le molestaba por supuesto que le taparan.

 

En todo caso, a ambos se nos olvidaba todo en la manejada de regreso al rancho, o en las quesadillas y el licuado anaranjado motivo de estos recuerdos.

 

 

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