Dos historias

Esta historia tiene dos partes. Una pasó ayer por la tarde.
La otra en el curso de los últimos siete años.
Las dos son personales.
La segunda aterriza en página, en el momento en que lo necesitaba, gracias a la de ayer por la tarde, y en ella comparto contigo aquello en lo que creo.

Los guardianes de Botello

Ayer caminando en la tarde por las calles más orientales y antiguas de la Colonia Roma, algo me detuvo. Fue un presentimiento – algo en el corazón, una intuición que vas a seguir -, que llegó con fuerza.

A mi derecha sobre el muro liso una entrada, sobria, moderna y mínima, en forma de túnel, que conducía a una galería. Desde donde estaba parado podía distinguir un escudo de Costa de Marfil en África occidental y leer partes del texto de bienvenida, escrito sobre un fondo blanco. Miré arriba sobre mi cabeza, buscando una última señal para entrar, o una para no hacerlo, en el clásico instante de duda: unos pendones anunciaban que se trataba de la galería de arte Botello, en el número 76 de la calle Querétaro.

Seguí el llamado y subí las escaleras, apenas un medio piso para entrar a la exposición.  Me recibió con agrado una chica joven y dispuesta y me invitó a terminar de pasar.  Leí el texto de entrada y busqué la conexión entre Costa de Marfil y la obra de arte-objeto de Lourdes Botello, hecha con muy antiguas piezas de metal fundido de objetos del campo mexicano. “Costa de Marfil patrocinó la expo”, me dijo Gisela, como supe que se llamaba. “También se exhiben máscaras y otras obras de arte de Costa de Marfil”.

Los guardianes de Lourdes Botello son una obra singular, me tomaron enseguida por sorpresa por su mística y su tremenda energía, cada uno con la propia, que podía sentir perfectamente. Los guardianes transmiten su sabiduría tal como lo brujos que llegan a la maestría de la vida tras recorrer el camino del guerrero.  Varios de ellos tienen brazos y pies en forma de abrazo, procurándote, protegiéndote. Sentí en el objeto y luego leí ideas cercanas al budismo, otras del pensamiento clásico, pero todas unidas por algo auténtico de Lourdes, que – a modo de ficha de obra – resulta una extensión de la misma, en la que ella cuenta al que mire la obra,  una “experiencia” a modo de enseñanza o reflexión, cuasi-historia, que resuena con el guardián representado. El guardián te transmite de este modo su vibración por ser un medio de arte hecho objeto y por su lengua escrita.

Fue para mi una experiencia diferente, más amplia.

Admirando los guardianes me vino la imagen de los iconos de la iglesia ortodoxa. El tamaño de varias de las piezas es como del largo de una regla de treinta centímetros, y están adosados a bases rodeadas por un marco-retablo. Están hechos de hierro fundido, trabajo en madera, pintura de varios tipos, telas, tejidos, orfebrería, y más técnicas; un trabajo detallado y exhaustivo. Hay dos guardianes impresionantes de como dos metros de altura que merecen varios minutos para apreciar lo que les compone.

Fue en los textos de Lourdes que sucedió, que comprendí, que estos mensajes y la exposición estaban en mi camino esa tarde y que detenerme fue sólo el acto de escuchar lo que me había sido enviado; lo que me tocaba sentir justo entonces. Y lo era. “Me puse el saco” – como se dice. En los textos – que espero ver pronto en la semblanza que Gisela y Lourdes preparan de la expo –, se habla del atreverse a ser feliz, del descubrirse, de tus dones y tu camino comprometido con ellos, del amor y su madurar, del que nos importen los otros y no sea mejor quedarnos viendo porque “nada podemos hacer”. Los guardianes hablan de lo fundamental y del regreso al origen necesario hoy – el individual y el de nuestra especie -. A sus valores en tribu o comunidad. Quizá no hay a quiénes no les quede el saco, pero hay que querer ponérselo.

Completé el recorrido y conversé con Gisela sobre las influencias en la obra de Lourdes, mujer valiente y de frontera, que ha dedicado parte de su vida a servir a otros, en el caso por ejemplo de enfermos terminales, conferencista, impulsora de mujeres, apoyo en la realización de madres – en un sentido amplio -, editora de revistas y autora de libros (uno más en camino), mujer fuente de energía, incesante.

Fue entonces cuando Gisela me contó que el estudio de Lourdes estaba allí mismo, tras las cortinas del fondo de la galería. Una puerta del lado izquierdo del muro abre a otras escaleras – éstas en blanco y no negro como la entrada -, y bajan a un estudio amplio a nivel de calle, muy bien iluminado con luz, blanca también.  Aquello era un blanco de inicios, de creatividad, de pensamiento libre de amarras. En una esquina sus herramientas, en la otra una pintura de desnudo con buen gusto, en gran tamaño, sobre su caballete, moderna en líneas, que quizá inspiraría parte de un mueble. Al centro un guardián  – de los de dos metros – en proceso, acostado sobre su espalda, desnudo aún, con brazos y pies con los que nace, todo en color blanco también, esperando recibir más atributos de espíritu que la primera luz, y ya con aplicaciones  en pintura negra alrededor. Nada mas ver ese guardián que será, imaginé y caí en cuenta de la cantidad de trabajo y creatividad que cada una de estas piezas lleva. Las curvas de los brazos están construidas tablita por tablita, en una suerte de astillero en el que se construye el casco de un velero de madera. Cada trazo de pintura, tejido, tela, repujado, joyería … todo, es obra de Lourdes paso a paso. La gestación de un guardián es en este sentido de varios meses, como la del humano.

¡Esta mujer no para! – Dije. Gisela asintió: “Sí, esto la mantiene bien, activa, viva.

Al salir, la energía de los guardianes decantó en dos cosas, por encima de mis pensamientos. La primera fue que me puse a escribir el eco de lo que resonó en mi de las experiencias obtenidas. Lo vi como un ejercicio necesario, que reafirma en un camino largo y en un momento que me pide más fe:

No importa cuanto hagas, cuando dudas,
si ya encontraste al que buscabas, tu búsqueda terminó
y todas las respuestas están en ti. Tu corazón sabrá guiarte
por tu Camino, el que está trazado para ti.
Es la mente la que desespera. Sabe que a ya es demasiado tarde
para evitar que tu empieces de nuevo.
Así, ten fe. Sólo escucha y escúchate.
Está presente, ahora.

La segunda cosa que pasó es que pude empezar a contar partes de mi historia personal, que es lo que
comparto contigo en la historia que sigue abajo. Cuenta algunas de las cosas que aprendí en estos últimos siete años,
y que ahora practico todos los días.

Ve y siente esta exposición.

Botello
Galería de Arte
Espacio Cultural
Querétaro 76, Col. Roma
5517290974
Gisela Becerra – Colaboradora.
 

La búsqueda se detiene cuando encuentras al que buscabas

Es un título largo. Pero es como en realidad sucede.

La vida me despertó a ella de tantas formas, hasta que – dejando el primer apego, el del yo – empecé a ver con el corazón, no hace muchos años. Me encantaría decirles que estas revelaciones vinieron así nomás, pero no. La verdad es que fue luz después de una larga búsqueda, infructuosa porque no me daba cuenta que estaba en la oscuridad y estéril porque la búsqueda pasaba afuera de mi y por tanto cada uno de los cientos de intentos sólo esculpieron la palabra vacío que paradójicamente se materializó en una carga constante y muy pesada.

La luz me mostró tal como era – eso tomó tiempo, créanme-, y la luz me alumbró por primera vez por dónde era mi camino. Fue en 2006. Había tomado una pausa tras las consabidas crisis. La ayuda enviada empezó allí – aun cuando yo no veía más allá de la paz momentánea que me regalaba. También empezó allí mi gratitud como sentimiento que emana y no necesita ser hablado.

Así desperté y pude ver con más que los ojos. Regresar a la oscuridad, me encontrarán razón, era un sinsentido. Después de un tiempo comencé a descubrirme, a diario.  Estar presente al cien – cuerpo, mente y espíritu – haciendo lo que haces, es de las pocas decisiones que sí dependen de ti o de mi.

“El resto viene sólo”, decimos.  Yo en cambio descubrí la fe.
Primero porque la necesité para no sucumbir en el largo intento – unos siete años -, y segundo porque descubrí, que esto no era de “creerlo”, o no, – que nos lleva a dogmas o a intelectualizarlo como acto de la mente -, sino a atreverse, a dar el salto, a entregarse a la vida misma, como a un río donde, si escuchamos, todo llega, donde hay abundancia y amor de sobra y donde nada se asemeja a la frase “la vida es dura” de la cultura pos-guerra que nos vio crecer,  ni tampoco a la contemporánea que podría ser para más de uno “la vida es dinero”, sino más al simple, hacer; haz lo tuyo.  Al saltar al río pasa que aquella búsqueda estéril y afuera, se convierte en una aventura que nos acompaña mientras nos descubrimos por dentro. Al atreverse, vemos. Entendemos lo tristemente árido y limitado del mezquino “ver para creer”.

No sin incontable ayuda de entrañables personas que me hicieron volver a confiar en mi – en lo que hay dentro – y tomar mi camino y que por eso tienen mi gratitud y mi admiración siempre,  pude al fin sentir la vida como algo que me procura, que me muestra el camino trazado – porque creo en que lo está -. La vida es el camino y a lo largo de éste me voy a seguir descubriendo mientras viva, sin llegar a descubrir todo. El desapego final, pienso por cierto, es el del cuerpo, al final de este tramo de camino.

La vida ahora para mi, nada más es. No necesita de mis juicios, que ni a mi ni a nadie sirven. La frase así de corta – la vida es – implica la parte difícil de vencer, que es la aceptación. Luego la aceptación hay que hacerla un hábito.  La vida como algo más grande que la propia y que uno, como algo que nos supera porque es colectivo, es y es sin necesitar tener intención alguna. No tiene intenciones conmigo que no tenga con otro y que no sean el que, vivamos. No es ni dura por diseño – salvo que así de hayamos provocado inconscientemente nuestro camino-, ni tampoco es un sueño donde todo cae por sí sólo como fruto maduro de un árbol.  Es, para mi, más bien un terreno de juego y experimentación con responsabilidad en el que aprendemos mientras caminamos y nos descubrimos, pero un fin superior a sólo nosotros como individuos. Vinimos a servir y a compartirnos.

El  segundo de mis desapegos, fue el de la  ilusión del control que tenía tan arraigada por la historia que soy, que venía de idear todo con una mente hiperactiva, al punto de frustrarse con que aquello no sucedía, claro, a pesar de la ecuación aprendida de trabajo arduo. El problema estaba en el diseñar mucho y hacer pasar poco. El famoso sufrir que se da de tantas formas como imaginación tengamos, si es mal aplicada. Si no es para ser creativo estando el presente y aceptando tu realidad. La sensación de vacío, de una búsqueda errada como la mía de años, suman tan bien como el limón y el chile piquín que crecen el sabor de un buen pedazo de mango por contraste; uno sufre más.

Luego de la demolición – igualito que en colonias como la Roma, Santa María la Ribera, Polanco, Irrigación o casi todo lo que exista de años en esta Ciudad en Movimiento, con nuevos cimientos, empecé a escuchar para también, escucharme.  Vaya que tardó, porque hablaba mucho más de lo que escuchaba.  En parte la vida misma y en parte aprendiéndolo, hice mío sin pensarlo, como se dan lo reflejos, que el “yo” viene después de “otros”. Esta fue la puerta de entrada para descubrirme y se dio cuando empecé a servir conscientemente a esos, “los otros”. Cuando acepté que no vine a ocuparme de mi como objetivo principal, todo se hizo simple.  Apareció en mi la claridad. Esto no pasa fácilmente hoy, en que es tan fácil encerrarse y convertirse en el centro de todo problema, toda necesidad, deseo y preocupación existencial, y descartar de paso al resto del planeta y del Universo, si uno se descuida en la sociedad urbana y de consumo en la que vivimos. Yo lo hice. Y ese fue otro desapego fundamental; el de las cosas materiales. El acumular y el necesitarlas opuesto a encauzarlas y compartirlas o cederlas y además aligerar y simplificarme la vida. El nihilismo rampante del que hablo hoy impera en medio de la verdadera pobreza que es la desesperanza y la ausencia de valores que se puedan sostener. Así es como la moral cae a la lona y la moralidad queda sin brazos ni piernas.

Cuando se hace por otros con aquello – dones, regalos, oficio, pasión – que uno ya trae consigo, y que finalmente ha descubierto y colocado su fe en ello, esto se manifiesta y vibra para todos, incluyendo para ti mismo. Es entonces cuando lo escucho con el corazón y me muestra así cuál es mi espíritu, tanto en el acto de compartirme como en el de la  gratitud que me llena de un modo muy superior a la sensación de sólo cumplir metas – impuestas o autoimpuestas al azar, de la colección social disponible -, que regía mi vida como las de tantos.

Empiezas entonces a vibrar en gratitud y amor,  y a sentir que estas vibraciones son tu contribución cada minuto a un mejor mundo, en lo que a ti te rodea al menos, que serán bien recibidas, causarán mejores cosas para aquellos a los que se las compartas y que resonarán para amplificarse y regresar – sin esperarlo – en forma de amor y enseñanzas a uno que se está formando nada menos que con ellas. Con cada interacción de éstas, que además son las mejores y sin desgaste entre seres humanos en paz, estamos siendo lo que podemos ser.  Es fácil elegir este camino, a menos que no hayas despertado y sigas en el de desgaste contigo mismo y en el sufrimiento que eso da.  Es fácil elegir bien, pero cuesta atención y trabajo cada minuto mantenerse en ello.

Es nuestro registro de ese eco maravilloso a tus vibraciones y las mías, viajan fragmentos de lo que somos – o estamos siendo – y se depositan recuerdos atados por sentimientos, historias que se agregan a la mía y la cambian. Con estos destellos de luz nos construimos cristalinos en colores, en ausencia del barro duro y seco que hubo de desmoronarse y caer al suelo en la demolición, para volver al principio, para volver a comenzar.

Dejé de buscar afuera; también porque nos damos cuenta con los años, que allí no están las respuestas y en cambio sí el vacío.  Que ya vienen dentro nuestro todas las que necesitamos, pero no para las preguntas de la mente sola, sino para las que son fundamentales, como saber con el corazón qué vinimos a aprender y en el proceso, con lo nuestro, tocar a todas las demás personas que podamos con esa vibración positiva y abundante del Universo del que somos como granos de arena, que a la vez lo contenemos todo.

La apuesta por la vida, por esa vida, hay que renovarla todos los días.

Mi apuesta, mis dones, aquello con lo que vibro y toco a otros interpretando emociones, son la escritura y la fotografía. Es con estas herramientas que hago y estoy presente en ello, cada día.

Visitar los guardianes de Lourdes Botello, me lo recordó – de regreso en esta ciudad -, en un momento de duda algo más largo que en el que vacilé antes de subir las escaleras a su exposición.

Mi gratitud con los guardianes y su creadora.

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Los Guardianes de Botello by juan Ayza M. is licensed under a Creative Commons Attribution-NoDerivatives 4.0 International License.
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