El Tao, los sombreros y el hijo del hombre

Las primeras fotos desde mi mesa las hago con más gente en el salón, son casi las dos de la tarde en el primer día de residencia. Uso el  letrero “Love Yourself” que hay en mi mesa, un poco para disimular el teleobjetivo y para buscar que las fotos hablen de las sensaciones y la gente, más que del detalle nítido, frío y del hecho. Además las imágenes suaves de foco guardarán algo más la privacidad de los comensales- que decido ver también como guardar el  secreto de su momento -. Anoto mentalmente la idea, compongo y tomo la primera foto.

"Love Yourself"  Foto: Juan Ayza
“Love Yourself” Foto: Juan Ayza

Un caballero en sus cincuenta de aspecto deportivo y sombrero negro, se sienta a comer y leer el periódico en la esquina norte de la mesa comunitaria. Es el segundo sombrero de la mañana, tercero con el mío que he guardado al llegar.

Caballero de sombrero negro         Foto: Juan Ayza
Caballero de sombrero negro                  Foto: Juan Ayza

El siguiente sombrero ocurre ahí mismo. Está en mi línea de mesas para dos personas, cerca de la barra de mermeladas y compotas. Es de palma con cinta negra y lo porta una joven que conversa animada con otra,  frente a frente. Se habían hecho una foto juntas más temprano.  Con la segunda foto – la de ella – compruebo que soy invisible.

Los baguette para llevar también se está haciendo invisibles para esta hora.

Color claro de cinta negra        Foto: Juan Ayza
Color claro de cinta negra                Foto: Juan Ayza

El jazz cede al electro-beat, son las dos de la tarde, las cosas se mueven más rápido, pero en las mesas nadie se inmuta. Don Carlos – centrado, chaparrito con cuerpo de hombre fuerte de circo y a la vez el mago y el trapecista, cabeza afeitada, cejas y bigote poblados en negro, firme con trato suave, trae la ensalada del caballero del sombrero negro y una botella de agua; el agua simple, la botella maravillosa, sencilla y con un corcho por tapón. Más como ésta anuncian en todas las mesas la llegada al oasis de quien entra a esta casa y puede dejarse atender y reparar, en confianza a partir de ese momento. Agua.

Agua que es oasis           Foto: Juan Ayza
Agua que anuncia un oasis         Foto: Juan Ayza

El caballero del sombrero negro come y pausa a ratos abstraído en sus pensamientos con gusto. El lugar se lo permite y quizá, más bien, lo invite a ese momento que se atesora. No se inmuta ni se integra a la conversación activa que disfrutan las tres mujeres sentadas en la misma mesa común del lado de la vitrina. Ahora lee su periódico, con las piernas estiradas a lo ancho de la mesa por debajo. Jeans y tenis.

Foto: Juan Ayza
Foto: Juan Ayza

Yahir va de mesa en mesa sería un cliché. Es más, Yahir y Don Carlos van de mesa en mesa con un ritmo ausente de nerviosismo o acelere, con cadencia, en un sentido de giro de reloj  ordenado e impecable, sin paros y arranques ni nada brusco. Yahir atiende adentro, pero al mismo tiempo responde a una seña que alguien hace afuera desde la terraza . Están en todo, pero no se notan. Se acerca a vitrina por una orden, verifica la comanda en el camino, camina decidido y sin embargo el platillo aterriza lento y suave en la mesa, con preguntas como ¿Algo más?  y ¿Puedo retirar esto?

El contraste en el servicio de ambos es parecido: firmes y atentos, eficientes y cálidos, dispuestos y presentes, sin predominar ni interrumpir. Rápidos pero sin correr. Me hacen pensar en el libro del Tao, en el Wu Wei, vive  en ellos el “No hacer nada, pero que nada quede sin hacerse”. Dejan acontecer las cosas para lograr con más facilidad. Evitan la acción que no sea espontánea; actúan de lleno y con destreza sólo según la necesidad presente.

"Wu Wei"  y Yahir        Foto: Juan Ayza
“Wu Wei” y Yahir               Foto: Juan Ayza

Queda claro que la combinación funciona bien. Los clientes relajados. No ha habido una sóla frase que no sea “sí”, “como no” o “enseguida”. Tampoco “esto no era para mi”, “yo no ordené esto”. Paz.

"Wu Wei"  y Don Carlos. Nadie advierte la pavlova que danza en el aire, aún.        Foto: Juan Ayza
“Wu Wei” y Don Carlos. Nadie advierte la pavlova que danza en el aire, aún.             Foto: Juan Ayza

Otro sombrero negro, esta vez cubriendo el cabello largo y castaño de una mujer joven, aparece en vitrina. Ordena de comer. La esperan amigas en la mesa junto a caja.

Sombrero de incógnita geométrica          Foto: Juan Ayza
Sombrero de incógnita geométrica         Foto: Juan Ayza

Un sombrero negro más está ya formado en fila para la caja, a éste no le vi entrar y quizá ha venido por comida para llevar. Tiene un aspecto como del Tirol.

Tirolés               Foto: Juan Ayza
Tirolés Foto: Juan Ayza

Para estas alturas, todos los sombreros juntos me sumen el remake de 1999 de la película El Caso Thomas Crown, que en 1968 se filmó con Paul Burke y Faye Dunaway y en 1999 con Pierce Brosnan y Rene Russo. De la de 1999, la mejor escena, se filma en lo que simula ser el MoMa (Metropolitan Museum of Art de N.Y.) cuando un ejército de hombres con bombín (sombrero de hongo, inglés) y abrigos grises todos iguales, confunden a la seguridad y la policía presentes en el museo, que le hacen posible al personaje de Brosnan regresar el cuadro robado por él mismo días antes, sin que lo agarren. Todo ocurre al ritmo sincrónico de Sinner Man en la voz de Nina Simone.

De no ser por la diferencia de género y vestimenta de los portadores de sombreros que tuve delante mío esta mañana, hubiera jurado estar en aquella escena del Caso Thomas Crown, solo que filmada en El Delirio. Claro que aquí el hurto es consagrado y no hay delicia que quiera ser devuelta.

En la película, el cuadro en cuestión – Le fils de l’homme” (el hijo del hombre) -, del pintor surrealista belga René Magritte, es de 1964 y fue logrado a partir de un autorretrato de pie del artista, con una manzana que flota tapando su rostro y un brazo escondiéndose hacia atrás. El mensaje de la obra aplica también a la  sucesión de sombreros que he visto por la mañana: detrás de todo lo que no es visible hay invariablemente algo que no podemos ver porque lo visible lo oculta. Esto me lleva a desear revelar lo oculto, a descubrir lo que hay detrás del conflicto aparente entre lo visible que se esconde y lo visible aparente. Como fotógrafo puede ser que busque ahora el rostro completo de la dama de blusa con motivos gráficos contrastados en blanco y negro, o ver si tiene pelo el sujeto bajo el sombrero tirolés. En el caso del que narra y escribe, querría descubrir detrás de esta orquesta de sombreros, cuál es el espíritu de El Delirio, de esta casa funcionando así, maravillosa y llena de huéspedes sonrientes y relajados. Este es el espíritu que obra tranquilamente por debajo de todo lo que miro con el lente y hace a El Delirio lo que es.

 

René Magritte, The Son of Man, 1964, Restored by Shimon D. Yanowitz, 2009.
René Magritte, The Son of Man, 1964, Restored by Shimon D. Yanowitz, 2009.

“Magritte TheSonOfMan” Restored by Shimon D. Yanowitz 2009- Shimon D. Yanowitzשמעון ינוביץ. Via Wikipedia.

Licencia de Creative Commons
El Tao, los sombreros y el hijo del hombre by Juan Ayza M. is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://wp.me/P3B5so-xt.
Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en juan.ayza@gmail.com

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