Momentos

Hay tantas formas de darnos un momento especial. En El Delirio, te suceden de todo tipo.

Ocurren los de familias que llegan juntas o allí se encuentran – por ejemplo la merienda de tres, a la que se sumó el abuelo y luego el tío-abuelo en un carrusel que no llevaba prisa y que en cada vuelta pedía otra pavlova. Se dan los momentos de parejas – de tantas formas -, incluyendo las que sueñan con serlo o simplemente las que aún no saben que lo serán.

Y los que no lo saben ...    Foto: Juan Ayza
Y los que no lo saben …       Foto: Juan Ayza

Pasan aquellos, los de amigas que platican de su vida en absoluta complicidad y también lo son, acometiendo su travesura de chocolate en forma de tarta de semi-amargo con frutos rojos y crema batida. Están los instantes de amigos que discuten “la gran idea”.

"La gran idea"        Foto: Juan Ayza
“La gran idea”        Foto: Juan Ayza

Los del turista que visita y se restaura, que reposta mientras descubre El Delirio y de paso La Roma. Los momentos de negocio,- como los de una velada de anfitrionas que atienden a sus invitados de una empresa extranjera – atónitos y ahítos de los colores, sabores y texturas de nuestro México -.

Sorpresas. regalos y sabor a México para ellos.    Foto: Juan Ayza
Sorpresas. regalos y sabor a México para ellos.                     Foto: Juan Ayza

Los momentos que debieran ser discretos y son de política – como aquel donde un rostro que la ejerce de oficio pero que resulta anónimo, le cuenta – perceptivo – “que están viendo una menor credibilidad ciudadana en la política” [sic], a unos oídos de ojos jóvenes que lo escuchan y no saben si dar crédito a la agudeza – si bien unas décadas tarde – del comentario – o de plano -, no.

Hay los momentos de congreso – como el de topología algebraica por ejemplo – créanme, porque además el tema me persigue, no sé por qué -, en el que ella pregunta “Shall we pay first and order then?” y el le responde en español “No. Primero ordenamos”. “Oh! This is such a nice place” y luego se ponen a resolver ecuaciones, con bloc amarillo, lápiz y baguette de brie con compota de manzana.

O el de la entrevista de chamba – aquella en la que él la intentó convencer y ella accedió, a pesar de que estaba segura de seguir con su carrera de artista comprometida que ya la tenía en Nueva York-. Los momentos como cuando el “deberíamos salir una noche” por fin se hace realidad. O el de “vamos a caerle todos esta noche”.

¡Hay que caerle!             Foto: Juan Ayza.
¡Hay que caerle!                 Foto: Juan Ayza.

Los hay de  “me dio la cita para desayunar” –  y es que está bien ocupado. Y aquellos de “quedé para comer con un cuate”. Están los de “¡Ándale!, hoy hay que ir allí porque quiero comer bien y rápido”, o de tengo “una comida” y “no, ya no regreso a la oficina”. De curiosear las repisas de la tienda, de “mirar con las manos” los frascos mágicos rellenos de salsas, compotas, mermeladas y sorprendernos con eso o con los tés, el café o encontrar el aceite de oliva y la sal de mar para cocinarle a alguien especial.

Frascos llenos de tus sueños.              Foto: Juan Ayza
Frascos llenos de tus sueños.        Foto: Juan Ayza

Los momentos para comprar buen pan – el que tiene costra, sabor y que pesa mucho más que el aire que contiene – y, ya en la caja, todavía regalarnos un carrot-cake con betabel y cardamomo de premio, o llevar un buen vino o un mezcal – Alipús por ejemplo – para la reunión de al rato, o tal vez llevar buen prosciutto y queso ramonetti.

Alipús en rouge.               Foto: Juan Ayza
Alipús en rouge.          Foto: Juan Ayza

En fin. Momentos como éstos, y como todos los que se te puedan ocurrir, vi pasar en El Delirio en muy pocos días.

 

Pero, de todos éstos, hay momentos en los que queremos estar con nosotros mismos. Un “sólo conmigo”. ¿No te pasa?

Había descubierto días atrás y en carne propia que el ambiente relajado necesario para pasar unos de esos ratos a solas – el de la justa combinación de intimidad colectiva e individualidad y privacidad -, era algo que se daba bien en El Delirio, y que igual podía ocurrir a una hora tranquila como la de comer, como en una noche de jueves a las nueve. En mi caso, el “a solas” trae junto con pegado una pluma, cuaderno y cámara.

A solas: La intimidad colectiva y la privacidad juntas-       Foto: Juan Ayza.
¡A solas!    La intimidad colectiva y la privacidad juntas en El Delirio.           Foto: Juan Ayza.

Tal vez fue ésta la atmósfera que dejó ganar a la curiosidad por sobre la timidez de la señora argentina – en sus sesenta bien cuidados, de cabello dorado y largo, accesorios discretos y  mascada al cuello – de visita en nuestra ciudad, que se animó a completar el paso vacilante con el que cruzó el dintel de la puerta lateral – la de la barra – para invitarse a conocer El Delirio. Y luego para aventurarle sus juicios – los que la definían de tradición afincada de años – a Yahir atendiéndola. Sus ojos azules y claros devorando la vitrina desde la mesa de ventana, en una suerte de ensoñación que le transportaba a la Confitería Boston en Mar del Plata o algo que no existe más que aquí, pero que la ubica joven en un collage hecho de las tardes en la confitería La Ideal y de La Biela, en su Buenos Aires querido. Después de todo, son las cinco de la tarde de un día de semana.

La cita           Foto: Juan Ayza
La cita          Foto:Juan Ayza

O la atmósfera que recibió al hombre que se sentó en la misma mesa que la señora, rato después que ella, – alto, kilitos encima ganados con buen gusto, camisa a cuadros pequeños en rojo y unos pantalones casuales en caqui, cabello plateado cuidadosamente peinado, paraguas en mano, perfumado -. Parecía venir para encontrarse con alguien en una primera cita – de nuevo -. La cita resultó ser con él mismo disfrutando de la vista por la ventana a la calle y del quiche con ensalada. Fue fácil para mi pensar en El Tiempo como el único elemento que – por corta medida – les había evitado coincidir físicamente a él y a la dama argentina. Por lo demás la plática hubiera ido tan bien, pensé.

Poco más tarde, la misma mesa se brindó – antes de que fuera la más codiciada de la noche – al misterio. El que rodeaba a la dama vestida de pants negros con detalles en verde, resguardada del mundo por la visera de su gorra deportiva en blanco, el resto de su mirada absorta en un libro,  a la mitad, que nunca soltó.

"Las alas del deseo".             Foto: Juan Ayza
“Las alas del deseo”.       Foto: Juan Ayza

La suerte de atmósfera con espíritu, vuelto ángel guardián en abrigo largo que nos acompaña de pie por la espalda con sus manos en nuestros hombros. Que da aliento a nuestra lectura – la de cada una de las personas que en días de oficina lo hacen a solas, en sus pantallas móviles-. Y que escuchan y calman nuestro torrente de pensamientos inútiles que nos aturden a diario, en lo que bien podría ser la escena en blanco y negro de la biblioteca de la obra maestra Las Alas del Deseo (Der Himmel Über Berlin) de Wim Wenders y Peter Handke.

 

Y Fue justo en uno de esos momentos, una mañana de miércoles pasadas las once, cuando ocurrió.

Apenas entró, tomó el lugar de esquina de la gran mesa comunitaria – la silla mirando a la entrada, que por motivos inexplicables para mi aún, prefieren ellos, mientras ellas se sientan las más de las veces, hacia la vitrina y mirando a la pizarra -. Su americano en taza italiana llegó presto, pero se quedó allí estacionado bajo el disco con el número cuarenta y siete.  La taza parecía completar la  escenografía necesaria del cuadro al que yo miraba con atención por mi lente. Otra cosa ocupaba al dueño de la camisa de diseño moderno y rallas de colores en vino y azules y cabello corto. En ese instante apoyaba la cara en su mano abierta – como quien hurga con ella una almohada y hunde el ojo y la sien para sentir que le cobija y así entrar cómodo en un recuerdo que se torna imagen nítida o sensación vívida en el presente, y que se contempla por lo que dura el inicio de un sueño o para perdernos en el mismo hasta la mañana siguiente.

¿Cuál sería su imagen? ¿Había alguna complicidad por la que sus ojos detenidos miraban en la pequeña pantalla que sostenía en su otra mano?

Era un vecino de la Roma, un creativo en alguna agencia cercana, tal vez otro escritor. ¿O, simplemente era alguien que se dio el tiempo de revisar emails tomando café? No. Había algo más. No sabía qué era, pero se sentía – era algo, y era diferente -.

Hice la foto. O, tal vez, la foto que habría de ser me dictó oprimir el obturador, detener el tiempo allí mismo y tomar las emociones – ahora comprendidas de las del sujeto y las del fotógrafo, enlazadas dentro del túnel-lente, por la luz que nos revelaba sin denunciarnos.

La italiana recibió finalmente su atención en forma de un par de sorbos. Ya de pie, él era alto y se movía rápido. El viaje a Caja y de regreso a la vida allá afuera, tomó apenas un par de minutos.

No lo volví a ver como tampoco a la foto que le hice, hasta varios días después, seleccionando y editando las de la Residencia. Fue cuando comprendí de manera rotunda – de esas que se quedan grabadas – cuánto significado tenía ese tiempo a solas en El Delirio, para él, como podía tenerlo para ti – el que lee- y para mi, que escribo.

En mi foto, él ve otra foto en la pantalla de su móvil. Desde allí, se cruzan su mirada con la mirada  a cámara, franca y decidida de una dama de cabello blanco, a la que abraza con cariño un caballero por la espalda.  Ambos están detrás de una mesa, que se vuelve la misma – la mesa  comunitaria a la que él se ha sentado -. En su foto, la mesa les reúne a un brazo de distancia, alrededor de un pastel de aniversario. Es el momento justo en que la festejada decreta sus deseos antes de cortarlo y él ya conoce cuál es ese deseo. Sus miradas se traban allí y atraviesan el tiempo. El resto sucede en las imágenes que en él reviven aquel instante como su presente. Su café era para aquel pastel, como el momento le era especial porque había venido a celebrar con ellos, de nuevo.

El aniversario.              Foto: Juan Ayza
El aniversario.              Foto: Juan Ayza

 

Licencia de Creative Commons
Momentos by Juan Ayza M. is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://wp.me/P3B5so-EC.
Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en juan.ayza@gmail.com

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s