Un paseo por las nubes (con los pies en la tierra)

 

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Hay una escena en particular que recuerdo bien de esta película estrenada en 1995 y dirigida por el mexicano Alfonso Arau – una historia romántica, de asombro y encanto por la vida, de compromiso y de familia, que sucede en California después de la segunda guerra mundial -. En medio del paseo por las nubes  donde las sensaciones de ensueño, añoranza, de hogar y de recuerdos se manifiestan en la fotografía del mexicano Emmanuel Lubezki, son los pies de Victoria los que están bien en la tierra. Bueno, aún cuando fueran … uvas. La escena del prensado con los pies de la uva acumulada en el lagar para hacer vino.

Arau filmó la película un par de años después de que realizara “Como Agua para Chocolate” una obra del realismo mágico totalmente inspirada por la comida mexicana, las recetas de familia y una historia de amor imposible que sin embargo ocurre de forma sublime, basada en la genial novela y guión de Laura Esquivel. La fotografía también fue dirigida por Lubezki.

Mostrar lo irreal o lo extraño como algo cotidiano y común donde además se pueda dar rienda suelta a expresar las emociones y su poder de contagiarnos y hacer inolvidables las historias contadas de esta forma, desde que el hombre las sabe contar, simplemente porque sentimos e imaginamos lo mismo que los personajes, es lo que da la fuerza al realismo mágico y para mi es una de las cosas que, con su dosis de pragmatismo, Mónica, Micaela y El Delirio logran exactamente hacernos sentir.

Lo mejor viene – y esta es un invitación – cuando usamos lo mágico del realismo como una forma de ver la vida misma, en la que existen una realidad o varias y donde, más allá de la razón, existe también el asombro, la abundancia universal y en el sentido más amplio de la palabra, la luz y la dicha – aceptando en ellas su balance en la oscuridad y las enseñanzas cuando éstas son duras – .  Un mundo así es de hecho más real porque existe lo impredecible, lo desconocido y por suerte, lo inexplicable y frente a ellos, sobretodo una forma positiva de verlo ¿No lo crees así?

Si eres mexicano o latinoamericano seguro sientes a lo que me refiero. Si no, cuando menos desearás sentirlo.

Esta es la emoción con la que a mi me gusta disfrutar a El Delirio, y a la obra culinaria de Mónica. Como un espacio donde uno puede darse el  permiso para experimentar estos momentos de magia, justo cuando aceptamos irnos por lo desconocido o poco frecuente, en el momento mismo en que lo probamos. De tener un delirio real de los sentidos, en la mejor de las acepciones del diccionario (RAE): de sentirnos con la confianza de dejar que los sentidos nos provoquen una confusión mental con matices de alucinación al probar la comida, y una reiteración de pensamientos incoherentes y absurdos, de esos que tu y yo atribuimos a poner caras de felicidad imposible de esconder como un acto reflejo, a revivir las emociones que traen los recuerdos placenteros de nuestra vida, e incluso a imaginar – soñar despiertos – escenas absurdas de gozo, en algunos casos al mas puro estilo alusivo del libro Afrodita de Isabel Allende.  ¡Vaya que hace falta en esta vida contemporánea delirar un poco más!

De lo que puedo estar seguro es de que no hay muchos lugares que te causen esta disposición a  jugar y a hacerlo cómodos con lo nuevo. Hay una suerte de fascinación y de seducción que se siente desde que atraviesas la puerta y que entra por todos los sentidos.  El del sabor disfruta en la espera para obtener su recompensa insólita cuando pruebas la comida.
La seducción ocurre porque el ambiente es, literalmente propicio.

Foto: Juan Ayza
Nubes pavlovas          Foto: Juan Ayza

En El Delirio las nubes tienen forma y sabor de pavlovas (1) y están en los sueños y la creatividad imparable de Mónica. Pero en su historia, tan romántica como real y concreta, el “paseo por las nubes” lo ha tenido que dar siempre con los pies bien en la tierra. Mónica admite en entrevistas que en sus inicio se hizo – como todos nos hacemos – una historia romántica y que fue adquiriendo enseñanzas de la vida con las que pudo dar forma a sus sueños con el tiempo.  Ella misma describe a su hija Micaela como una romántica con pies en la tierra y buena porción de sangre libanesa.

Cuando Mónica cuenta sobre su etapa de madurez, tras cerca de 35 años de carrera, dice: “La madurez te ayuda a estar más en paz. Deseo cuidar lo que he logrado y mejorar la parte interna”. Y luego usa la metáfora en la que “el árbol ya está creado, tiene sus raíces y sus ramas… pero no todo está dicho…” Acepta la posibilidad de lo nuevo, lo impredecible y de aquello por investigar.

En otra anécdota reciente, Mónica platica en televisión de su casa en la colonia Roma, que “es de esas viejas de la [colonia] Condesa que se han ido manteniendo allí, un poco chuecas… y al lado le fue creciendo una casa que le dio sombra. Entonces agarraba un banquillo y me subía por la escalera para ver el atardecer”. Con el tiempo construyó un cuartito en la azotea y remodeló el espacio como jardín urbano con macetas. “El primer árbol lo envío Walo, el padre de Micaela. Era un limónero – cocinar es difícil si no tienes limones -. Al paso del tiempo llamé a Walo para decirle que los limones se estaban poniendo amarillos… ¡Resultó que los limones eran… mandarinas!

El árbol entero -no sólo sus ramas – fue algo nuevo e inesperado para ella. A mi estas dos anécdotas me hablan de la capacidad de contemplar y de no perder nunca la capacidad de asombro, tan importante en ella y en todos nosotros. El realismo mágico aparece incluso en la forma en que te cuenta una historia: “… y al lado le fue creciendo una casa que le dio sombra …”

Entrar por la puerta de El Delirio es entrar al agua templada y quieta del estanque y con los pies dentro ver pasar el primer rizo de esas olas, que ahora me integran como registro y la llevan con los que siguen: la comida de Mónica, Micaela y su equipo y el ambiente que la complementa como experiencia, me hacen sentir su ánimo, la vibración particular de un equipo que cocina a una misma visión y con un corazón para hacerla y que a través de su comida alimenta más que mi estómago o lo efímero de las sensaciones en mis papilas gustativas, o del transcurrir agradable del tiempo. Tal como en Agua para Chocolate, en versión contemporánea pero no menos maravillosa, es mi espíritu el que se alimenta porque todo evoca recuerdos de infancia, de hogar o genera sueños que se sienten reales o incógnitas maravillosas. El efecto es sobre toda mi persona.
Desde Mónica, todos vibran a una misma frecuencia, más la propia, la del “mosaico que somos”, como ella refiere. Cuando saboreo resueno con ello, vibro en mi modo y a partir de esto se desatan otras olas que se expanden en ese estanque en el que todos compartimos y que para nota ya surrealista en mi realismo mágico, ¡Crece!

Un dato: La referencia literal a la novela Como Agua para Chocolate la hizo un día jueves, con mucho humor, Claudia – chaparrita veloz y sonriente y una de las tres integrantes del área de cocina caliente del Taller de El Deliro -, tomándole el pelo a Liliana y sus secretos en las mermeladas y compotas que la ocupan a ella y a Fernanda, y que en ese momento llenaban el taller con un aroma a guayaba, jamaica, canela y clavo que emanaba dulce, de oriente, de una gran olla mientras yo tomaba fotos y conversaba con ellas  teniendo al Chef William (¡Espérate a leer su historia!) como anfitrión de casa ¿Qué tal?

Nota:
(1) Pavlovas – el postre de merengue y salsa de frutos rojos que se atribuye a Nueva Zelanda (en disputa con Australia) y que se creó en honor a la visita de la bailarina rusa Anna Pávlova a éste país y que es muy popular en este singular café de barrio -.

 

Licencia de Creative Commons
Un paseo por las nubes (con los pies en la tierra) by Juan Ayza M. is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://wp.me/P3B5so-vE.
Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en juan.ayza@gmail.com

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